lunes, 10 de julio de 2017

Historias de comadronas: Seis temporadas de “Call the Midwife”


Basada en hechos reales, y en un escenario de fines de los 50,  “Call the Midwife” (“Llama a la partera”) merece ser considerada como un drama de época. En su sexta temporada, la serie se ha vuelto más histórica a medida que abarca eventos que afectaron las vidas de las parteras y de todo el mundo en 1962. Ha llegado la hora de incluir al equipo de San Ramon Nonato y sus pacientes, en el ámbito de la ficción histórica.

“Call the Midwife” se inspiró en el libro homónimo de Jennifer Worth en el que ella rememora su vida como enfermera-partera. Aunque se han cambiado los nombres, la serie describe las experiencias vividas por un grupo de comadronas vinculadas a una orden religiosa de enfermeras, que habitan la Casa de San Ramon Nonato, localizada en el East End de Londres.

Jenny llega a Poplar

 En la primera temporada conocimos a Jenny Lee (Jessica Raine) una chica de clase alta que deja atrás sus viajes a Paris y sus fiestas para venir a trabajar en Poplar, un vecindario de gente de bajos recursos en el East End. La expedición a los bajos fondos de Jenny obedece a una necesidad urgente de huir del hombre casado con el que se ha involucrado. Las primeras tres temporadas se centran en las vivencias de Jenny y sus colegas que comprenden enfermeras seglares y monjas parteras. Aunque Jessica Raine abandonó el programa antes de la cuarta temporada, “Call the Midwife” ha sobrevivido sin ella.

Las condiciones de vida del East End ponen al personal de Nonato en contacto con pacientes afectadas por la pobreza, la enfermedad y el maltrato. El programa familiariza a su audiencia con los inmigrantes que convirtieron el East End en un crisol de razas y en varias ocasiones, las parteras han chocado con hábitos culturales que ponen en peligro la vida de una paciente. En la sexta temporada, Val (Jennifer Kirby), nueva comadrona y ex enfermera militar, atendió a una mujer somalí que sufría de una grave infección causada por mutilación sexual. Aun así, y a pesar de los esfuerzos de la enfermera, la madre consintió en que su hija mayor viajase a África someterse a la misma operación, que al parecer era un motivo de orgullo en su cultura.

La lucha intercultural es algo cotidiano en un mundo tan diverso como lo es Poplar y suele manifestarse como un conflicto entre lo antiguo y el progreso. En esta última temporada, presenciamos el dilema de una joven asiática atrapada entre seguir su estilo de vida moderno o acoplarse a los modos tradicionales de su suegra, recién llegada de la China. 


También fuimos testigos del conmovedor caso de una sobreviviente del Holocausto que desde su liberación sufría de agorafobia. Finalmente venció el miedo y se aventuró al mundo exterior para conocer a su nieta.

La serie ha tenido amplia oportunidad para rechazar el racismo. Comenzamos con la historia de una joven madre jamaiquina y su encuentro con la intolerancia. Seguimos con una fábula picante en la cual el bebé negro de una mujer blanca es el delator de su adulterio. En esta última temporada supimos lo que sufrían los niños de un matrimonio interracial. Por huir de las burlas prejuiciosas de sus compañeros, un hijo de padre negro y madre blanca fue arrollado por la Enfermera Crane (Un gusto volver a ver a Linda Bassett de “De Larkrise a Candleford”).
La Enfermera Crane después de atropellar un niño

A pesar de ser un programa familiar, “Call the Midwife” no esquiva la crítica social. Todos los abusos son expuestos, desde las malas condiciones de vivienda hasta accidentes laborales causados por la negligencia del patrón. La serie francamente describe como la ley no está siempre del lado del inocente o del débil. Las autoridades de entonces les quitaban los hijos a las madres que consideraban ineptas, sin importar si se trataba de una prostituta adolescente o de una paciente del Síndrome de Downes. Este año vimos como la ley le daba la razón a un golpeador en vez de proteger a la esposa y a los hijos de éste.
Huyendo de una ley que apoya a los golpeadores.

La Gran Bretaña de los Sesentas es un mundo cambiante y las matronas se adaptan a los tiempos. Cuando la Hermana Mónica-Joan (Judy Parfitt) tomó los hábitos a comienzos del Siglo XX, fue desheredada por su aristocrática familia. Ahora, Lady Browne (Cheryl Campbell) puede censurar que su hija se case con un policía o que elija la carrera de matrona, pero no puede impedirle a Chummy (Miranda Hart) que haga su vida. La Honorable Camilla Fortescue-Cholmeley-Browne puede ser amiga de la Princesa Margarita, pero también se siente a sus anchas entre las madres del East End a quienes brinda sus servicios.
La boda de Chummy

Muchos televidentes se abstendrán de disfrutar “Call the Midwife” por temor a que esté llena de sermones religiosos. Por el contrario. La fe es parte importante de la vida de las religiosas, pero nunca llega a ser un factor antagónico.  Las monjitas despliegan una admirable apertura de mente. Lo mismo puede decirse de Tom Hereward (Jack Ashton), el joven vicario de la parroquia del barrio, quien al final de esta última temporada se ha casado con la enfermera Bárbara Gilbert (Charlotte Ritchie). Las bodas se han convertido en un modo tradicional de dar cierre a las temporadas. Detalle que acredita a “Call the Midwife” como romance histórico.
La boda de Barbara

El amor, con todas sus trampas, es parte integral de “Call the Midwife”.  Por ser las más bonitas del grupo, Jenny y Trixie (Helen George) mantuvieron una especie de competencia de cual tenía más pretendientes. La amistad entre Trixie y Barbara peligró al ambas interesarse en el Reverendo Hereward. El amor en esta serie les llega hasta los viejos y las con menos atractivo. Fred (Cliff Parisi), el plomero de la casa Nonato acabó con su soledad al casarse con Violet la dueña del colmado de la esquina. La alta y sencilla Phyllis Crane se consiguió un pretendiente, pero éste ocultaba una esposa demente, en la mejor tradición de los romances góticos. Y, no nos olvidemos, de Chummy, la Brienne de Tarth de Nonato, que encontró marido en la comisaría local.



Ni las monjas escapan a las flechas de Cupido. En el tercer año de la serie descubrimos que la formal y virtuosa Hermana Julienne (Jenny Agutter) había tenido sus amores en una época en que era simplemente Louise. El romance más atrevido fue el de la Hermana Bernadette (Laura Main), la mano derecha de la Hermana Julienne. De ser una monja sensata y piadosa, pasó a ser una mujer decaída, descontentadiza y aparentemente incapaz de encontrar sosiego en la vida contemplativa. Las causas de su cambio tenían nombre y apellido: el Dr. Patrick Turner (Stephen McGannan) que dirigía el dispensario local. Tras un mal encuentro con la tuberculosis, la monja decidió ser simplemente “Shelag” y aceptó la alianza matrimonial que el médico le ofrecía. Su compromiso selló la segunda temporada, y se casaron en el Especial Navideño.

Todos estos contactos con los síntomas del amor preparan a la comadrona a enfrentar las consecuencias de la pasión, que suele acabar en embarazos deseados e indeseables. Con el paso del tiempo, “Call the Midwife” se ha convertido en un Ripley Believe it or Not de romances extraños. Recordemos a la pareja de ancianos que en realidad eran hermanos o las mellizas que compartían el mismo marido.

En el primer episodio, Jenny atendió el parto de una novia de guerra española. Su esposo, un ex miembro de las Brigadas internacionales la había traído el ’39 y desde entonces Conchita había estado pariendo un bebé por año. Lo extraordinario es que este proceso de fabricar bebés se conducía sin que ninguno de los involucrados hablase el idioma del otro. Haciendo memoria, las monjas recordaban que, a su llegada, Conchita no tendría más de catorce años. La serie no cae en sermones sobre abuso sexual o pedofilia, puesto que en ese entonces la edad de consentimiento era menor que la de ahora. De hecho, en España sigue siendo legal tener relaciones sexuales a los catorce años.
Conchita y su gran familia

El lado oscuro del sexo también se ha hecho presente. A Trixie casi la violó un pretendiente, y la joven novicia Mary Cynthia (Bryoni Hannah) fue atacada en los muelles por un depredador sexual. En dos ocasiones a las comadronas les ha tocado atender los partos de jóvenes prostitutas, y también se ha hecho presente ese amor que como dijera Oscar Wilde “no se atreve a pronunciar su nombre”. En esos tiempos, la homosexualidad era perseguida por la ley. Lo vivimos en el caso de un joven padre que era arrestado por esos motivos. Los reproches de Trixie nacen más del desagrado de ver como el hombre ha traicionado a su esposa embarazada que de alguna incipiente homofobia. Pero los prejuicios van a aflorar cuando la Orden de San Ramon Nonato se entere que, bajo su techo, ha albergado a una pareja de lesbianas. A pesar de que la ley británica se concentraba en la sodomía, las mujeres gays sufrían de un estigma social. Si se las descubría, solían perder sus empleos. Por suerte hasta ahora la única en descubrir el romance Patsy-Delia ha sido la Enfermera Crane.

El descubrir que su amistad va más allá de los parámetros de lo normal ha hecho a Patsy (Emerald Fennell) y a Delia (Kate Lamb) conscientes de que tendrán que enfrentar una gran batalla para vivir su amor. En esta temporada la pareja ha estado separada debido al viaje al Lejano Oriente de Patsy para cuidar de un padre agonizante. La nostalgia que ha sufrido Delia todo este tiempo y la pasión de su reencuentro en el final de temporada me llegó muy cerca. A pesar de ser heterosexual, yo también sé lo que se sufre cuando se tiene a un amante al otro lado del mundo.



“Call the Midwife” está llena de alusiones a la historia inglesa y a mundos ya perdidos. Todavía quedan en Poplar los que recuerdan instituciones victorianas como la Workhouse. A las parteras les ha tocado atender partos en antiguas comunidades nómades como los tinkers irlandeses y los habitantes de las barcazas del Támesis. Pero el recuerdo de historia más reciente es el de la Segunda Guerra Mundial. El conflicto se hace evidente en áreas bombardeadas de los muelles. La antigua casona de la Orden de San Ramon Nonato fue destruida cuando una bomba estalló más de una década después de que los alemanes la dejaran caer ahí. Tanto Fred como Violet son viudos de guerra. Lo mismo ocurre con el Dr. Turner quien casi pierde la razón debido a experiencias traumáticas vividas como médico militar.

Lady Browne puede mirar con desprecio a su yerno por ser solo un policía. Lo cierto es que el Sargento Peter Noakes (Ben Caplan) además es también un héroe multi condecorado. Vimos el lado más siniestro de la guerra en la historia de la sobreviviente del Holocausto. También hemos conocido a otra víctima. Patsy sobrevivió el horror de un campo de prisioneras de los japoneses donde perecieron su madre y su hermana. Pero la Segunda Guerra no será el último conflicto que vea el mundo. Después de todo, “Call the Midwife” tiene lugar durante La Guerra Fría. Conocimos a un padre atormentado por los recuerdos de su servicio en la Guerra de Corea. En la cuarta temporada, el personal de Nonato se preparó para un ataque nuclear. En la temporada 6, fuimos testigos del terror vivido durante la Crisis de los Misiles Cubanos de 1962.

Un aspecto bien investigado de la serie son las diferencias entre dar a luz entonces y ahora. Pasarse el embarazo bajo la atención constante de una enfermera/matrona parece un lujo apetecible. Lo cierto es que aun en un hospital, los partos estaban rodeados de riesgos. Entonces la eclampsia mataba madres como la sífilis mataba bebés. Aunque el aborto era un crimen, supimos que la ley lo permitía en el caso de una jovencita diabética. En ese entonces había pocas posibilidades de que sobrevivieran los hijos de diabéticas y sus madres.
La diabetis le permitió a Paulette abortar legalmente

El embarazo no es la única dolencia femenina que deben atender las parteras. Las hemos visto cuidar mujeres que han abortado espontáneamente y otras que han terminado su embarazo a propósito, también han atendido enfermedades venéreas, y la hermana Evangelina tuvo que someterse a una histerectomía antes de fallecer de un paro cardiaco. Este año observamos a Violet lidiar con los síntomas de “El Cambio”, un eufemismo de los Sesentas para la menopausia.

La última temporada nos acercó a dos factores que impactaron la vida de las mujeres fértiles de aquellos tiempos. Primero, conocimos los horrores provocados por la talidomida. Nosotros, los del siglo XXI, no estamos familiarizados con el nombre de un medicamento todavía en uso para combatir la lepra. En 1953, la compañía farmacéutica alemana Grunental (conocida por dar refugio a médicos Nazis) desarrollo una “droga milagrosa” llamada talidomida que exitosamente acababa con las náuseas matinales. En 1957, y bajo el nombre de distaval, entró en el mercado británico, de ahí se esparciría por todo el mundo. Los doctores la recetaban hasta que un estudio australiano, en 1961, vinculó a la droga milagrosa con una epidemia de bebés deformes. Se estima que 100.000 madres, en todo el mundo, resultaron afectadas por la talidomida y 10.000 de esos bebés llegaron a la edad adulta, a pesar de sus malformaciones.

A fines de la temporada 4, vimos al Dr. Turner recetar el medicamento. La quinta temporada trajo el nacimiento de los primeros afectados por la talidomida. A fines de esa temporada. El Dr. Turner tuvo noticia de como la droga milagrosa provocaba nacimientos de bebés deformes. En la última temporada lo hemos visto debatirse entre sus sentimientos de culpa y su propósito de buscar busca ayuda para los niños y a sus afligidos padres.
Susan, una víctima de la talidomida

Los 60 marcaron el auge de otras drogas, las que impedían el embarazo. No sin problemas, La Orden de San Ramón Nonato ha entrado en la Era de los Anticonceptivos. La normalmente progresista Hermana Julienne fue presa de temores de que la Píldora desatase una cadena de orgias libertinas en Poplar. La Enfermera Crane no pudo convencerla, aun explicándole, y en su lenguaje más gráfico, que los hombres no gustan de los condones por lo que les queda a las mujeres procurar cuidarse. La monjita entonces buscó el apoyo de su colega El Reverendo Hareward,. Los resultados fueron risibles debido a que Tom, quien acababa de estar en sesión “cariñosa” con Barbara, no andaba como para ayudar en campañas de castidad.
El Reverendo Hareward  cede a la tentación

Este año vio la inauguración de un centro de ayuda para el control de la natalidad, que ha sido establecido en el dispensario del Dr. Turner. A pesar de que todos están contentos ante la posibilidad de distribuir gratuitamente la Píldora y diafragmas en el vecindario, los anticonceptivos tienen efectos secundarios. Fue un shock para mi ver a una paciente morir en el último episodio de temporada debido a una embolia provocada por La Píldora. Hace años yo dejé de usar ese método debido a que me engordaba y me provocaba nauseas, pero no sabía que podía ser letal para algunas pacientes. Al final estamos aprendiendo con “Call de Midwife” que califica como drama médico.

Otro recurso que la serie utiliza para crear atmosfera de época es la ignorancia de condiciones médicas que hoy son de dominio público.  Por ejemplo, sorprende que personas tan involucradas con la obstetricia desconozcan el término “depresión postparto”. Por aquel entonces cualquier alteración nerviosa de la madre era calificada como enfermedad mental. Así se describía todo comportamiento que desafiaba las normas. Por eso los homosexuales, para esquivar la cárcel, eran obligados a someterse a terapias que incluían inyecciones de hormonas y sesiones de choques eléctricos.
La mejor amiga de Trixie vivía dentro de una botella

Por otro lado, Trixie tuvo la suerte de vivir en días en que Alcohólicos Anónimos reconocían su mal no como vicio sino como enfermedad. Sin embargo, la locura, y entonces el termino cubría todo tipo de padecimientos, era un estigma. Cuando el Dr. Turner quiso adoptar una niña se interpuso en el proceso su pasado de ex paciente de una institución para enfermos mentales.

Los manicomios de entonces eran sitios siniestros y sombríos como el Hospital Linchmere donde fue internada la Hermana Mary Cynthia luego de su colapso nervioso. Hoy en día existen terapias especiales para ayudar a la víctima de violación. La novicia solo encontró sesiones de electroshock. Por suerte, se la trasladó a una clínica donde el trato era más progresista y humano. El personal de Nonato descubrió donde estaba encerrada Cynthia cuando intentaba encontrar un asilo para Reggie, un joven paciente de Downe’s. Así vimos que los enfermos de Downe’s eran apilados juntos con otros dementes en los mismos asilos. Reggie acabó en un instituto más moderno donde podía aprender a valerse por si mismo y convivir con otros como él.
Fred y Violet adoptaron a Reggie


Al hablar de enfermedades mentales en “Call the MIdwife”no se puede olvidar a la Hermana Mónica-Joan. Por encantadora que sea, es obvio que la más anciana de las matronas atraviesa un periodo de senilidad. Sin embargo, como una persona que ha convivido a diario con pacientes de demencia, encuentro que su mal es atípico. La monja es demasiado sensata, sensible, demasiado consiente de las diferencias entre el Bien y el Mal. Pero también es cierto que cuando enfrenta situaciones estresantes pierde contacto con la realidad.

No se trata de un caso de idealización de la vejez o un retrato poco realista de la demencia. Mi conclusión es que la Hermana Monica-Joan está en la primera etapa de su enfermedad y que esta todavía es controlable sobre todo porque la paciente permanece en un entorno familiar rodeada de cuidados y cariños. Además, la monja conserva una semblanza de independencia que le permite sentirse útil. No hay que olvidar que fue la única persona a la que la Hermana Mary Cynthia le permitió acercársele después de ser atacada.

“Call the Midwife” demuestra que un programa de televisión puede tratar temas serios y sombríos y a la vez ser optimista y no caer en un realismo negativo. Las historias que presenta están llenas de momentos tristes, la presencia constante de la muerte y problemas que no tienen solución inmediata, aun así, el mensaje final es positivo y consolador. Al menos yo siempre acabo “Call de Midwife” satisfecha y esperanzada.




domingo, 2 de julio de 2017

Celebremos a Los Tudors en su primera década


Este jueves descubrí que el canal Ovation estaba repitiendo “Los Tudors” en horario matinal. No es accidental (ya la había repetido en horario vespertino el invierno pasado) puesto que, como me recordó el Gato George, en abril se cumplieron diez años desde que la serie de Michael Hirst debutara en Showtime.  Mas allá de si la Tudormania sigue siendo un fenómeno inagotable, “Los Tudor” es una serie con suficientes méritos para convertirse en un clásico de televisión, influir sobre otras series históricas y cambiar nuestra percepción sobre un periodo crucial para la historia de Occidente. Por esas razones este blog abre temporada de “Los Tudor”. Hasta abril del 2018, si Tata D-s nos da vida, cabeza y ordenador, estaremos hablando de este programa, de la historia tras su confección, y de los tiempos y la familia que lo inspiraron.



”Los Tudor” ha sido la contribución más valiosa a la segunda ola de la Tudormania. También la más longeva, ya que duró cuatro temporadas, 38 capítulos en total. Nació como una reacción a las múltiples versiones de “La Otra Bolena” y como una manera de ampliar la historia de Enrique Octavo (Jonathan Rhys-Meyers) y sus esposas. La mejor manera de ampliarla fue explorar otros sucesos ocurridos en la corte del segundo monarca Tudor, aparte de las bodas y de la implacable búsqueda del heredero. Lo que Michael Hirst hizo fue dar una visión más universal de Enrique VIII y su época.

 La serie cruza al continente y nos presenta lo que pasa en la corte de Francisco I (Emanuel Leconte) y en el Vaticano. Completa la trama acudiendo a documentos históricos como los despachos oficiales de Eustace Chapuys (que interpretado por Anthony Brophy se convierte en una pieza importante en este tablero de ajedrez), el embajador de Carlos V (Sebastian Armesto). Incluso Hirst integra y desarrolla episodios históricos que hasta ahora solo habíamos visto en la ficción como La Peregrinación de Gracia, que anteriormente era conocida nada más que por historiadores y los admiradores de Man in a Donkey de H.H. Preston; y la tragedia de Tomas Moro (Jeremy Northam) que Hirst saca de la idealización de Un Hombre para la eternidad, pero sin caer en los extravíos de Wolf Hall.


Parte de esta celebración de Los Tudor (serie y familia real) nace de una extensa entrevista que Michael Hirst concedió al Helen Earnshaw, en  el 2012,  y que fue publicada en el sitio web “Female First”. Tenemos que agradecerle a George Llerena haberse dado el trabajo de traducir esta entrevista donde Hirst narra la génesis de su serie fenómeno.

En el año 2004, Ben Silverman, un joven ejecutivo de la multicompañía americana CBS, me preguntó si era factible hacer una serie sobre la dinastía Tudor, pero en forma de drama televisivo, con gran producción y visos de telenovela, para una audiencia general norteamericana. Y mi reacción fue reírme y decir: “No… lo que me pides es imposible”, porque no entendí lo que me estaba pidiendo. ¿Convertir la historia en una serie de unitarios telenovelescos? No, había muchos temas y hechos que se perderían. Además, yo nunca había trabajado para TV antes, así que le pregunté: “OK, explícame bien qué quieres decir con eso del drama histórico para un público americano. ¿Me estás diciendo que tengo que poner la historia, pero en facilito, y contar sólo lo más superficial y sencillo? Porque eso es imposible para mí”, y él me respondió que no, que aún podía hablar de temas políticamente desafiantes, podía plantear la historia y la reforma tal como sucedió, pero en un formato accesible.

Ahí tenemos la primera gran diferencia de “Los Tudors” con otras manifestaciones de Tudormania. Hirst era considerado un experto en la época isabelina por haber escrito los guiones de dos filmes muy taquilleros que cubrían el reinado de Isabel I, pero hablamos de cuatro horas, no de cuatro temporadas. En los 70s, la televisión inglesa hizo historia con “ The Six Wives of Henry VIII ” y “Elizabeth R” pero nuevamente nos encontramos con miniseries de seis capítulos. “Los Tudor” fue la primera serie de televisión abocada totalmente a un tema histórico. Que haya durado cuatro años, que haya ameritado tantos premios y la devoción de su fandom, es señal de que se trató de un producto excepcional. Las gracias se la debemos a Michael Hirst y al elenco que nos hicieron compenetrarnos tanto con sus personajes.

Una de las muchas fallas de “Wolf Hall” es que, aunque presenta muchos personajes, pocos son memorables. La oscuridad de la iluminación ayuda a ensombrecer los rostros de los habitantes de la historia y a menos que nos digan sus nombres ni nos enteramos de quienes son. Dicen que el Duque de Suffolk andaba por ahí…Nunca lo vi, y a Sir Francis Bryan lo reconocí nada más que por el parche en el ojo.

En cambio, en “Los Tudors” aprendemos a distinguir, a querer y a odiar a los personajes. Sabemos quiénes fueron amigos de Enrique y quiénes perdieron la cabeza por contrariar al rey. Conocemos a las damas de cada una de las reinas. Tal Vez Lady Ursula Misseldon (Charlotte Salt) nunca existió. Pero si existieron Madge Sheldon (Laura Jane Laughlin), Bessie Blount (Ruta Gedmintas), Lady Jane Rochford (Joanne King), Joan Bulmer (Catherine Steadman) y una Elizabeth Darrell (Krystin Pellerin) que no se suicidó, pero siguió viviendo en unión libre con Thomas Wyatt (Jamie Thomas King), tras la muerte de la reina Catalina.
¿Cuántas reconoces?

Gracias a “Los Tudor”, yo recordé que los grandes poetas de la era fueron Sir Thomas Wyatt y el Conde de Surrey (David O’Hara). El mismo Hirst ha dicho que fueron los poemas de estos bardos los que lo ayudaron a inspirarse al igual que la música de Tallis. Quizás Thomas Tallis (Joe van Moyland) nunca refregó sus bigotes con los de Sir William Compton (Kristen Holden Ried), pero “Los Tudors” me enseñaron que fue el gran compositor de música coral de su tiempo.

Las distorsiones de hechos reales son las que más han provocado la controversia sobre el valor de “Los Tudor” como ficción histórica. Uno de los errores más criticados concierne al personaje de Margaret (Gabrielle Anwar), hermana del rey. De acuerdo a la historia, Margaret Tudor se casó con el rey escoses y fue abuela de Maria Estuardo. También protagonizó su serie de escándalos por allá por Las Tierras Alta—estos Tudor siempre tan estrafalarios y conflictivos más de eso no habla la serie de Showtime. Ahí nos cuentan que a Margaret la casaron con el Rey de Portugal, que lo asfixió con un cojín para casarse con su amante, Charles Brandon (Henry Cavill).  En la vida real, Enrique se convirtió en el cuñado de su mejor amigo cuando, y a sus espaldas, Charles se casó con Maria, reina viuda de Francia.

 En su entrevista, Hirst explica que le cambió el nombre a la princesa porque había muchas Marías en el cuento. Lo de hacerla reina de Portugal nació por problemas de cronología. María Tudor, hermana menor de Enrique, se casó con el Rey Louis Trece, padre de Francisco. Cuando comienza la acción de “Los Tudors” Luis hace rato que descansa en paz y Francisco es rey de Francia. Hubo que trasladar a la futura Duquesa de Suffolk a otros reinos y otros talamos reales.

Entiendo los motivos de Hirst, pero no estoy totalmente satisfecha. En su papel de Margaret Tudor-Brandon, Gabrielle Anwar creo un personaje soso y muy poco atractivo. Se veía feúcha, desgarbada, parecía yegua disfrazada de mujer, y lucía mayor que el marido. En la vida real, Mary era doce años menor que el Duque de Suffolk. Sin embargo, para mí y (muchas) Charles Brandon fue lo más atractivo de la serie (después de Enrique, que yo todavía no le encuentro el encanto a Jonny Rhys-Meyers). Se entiende que Hirst y Showtime hayan decidido a apostarle al personaje, aprovechar el sex appeal del futuro Superman, y crearle una historia que abarcara todo el reinado de Enrique, porque el gran mérito del verdadero Duque de Suffolk fue sobrevivir a todos los cortesanos que lo rodeaban.

Las distorsiones históricas no son los únicos feos en una serie que se vanagloria de un elenco de bellezas que ni se acercan a los cánones de hermosura del siglo XVI (recordemos a Cesare Borgia y a la Lozana Andaluza desnarigados por la sífilis. Así eran los bonitos de aquel entonces). El mayor error es la inclusión de escenas de sexo sin ton ni son que para lo único que sirven es para acreditar que “Los Tudors” no es un period piece “afeminado”. Por el contrario es el ejemplo más famoso, en esa década pre-Juego de Tronos, de la nueva ficción histórica unisex. Las características están a la vista: violencia a granel, guerras, torturas, y varones practicando deportes violentos; sexo desenfrenado, nada de romance ni historias de amor empalagosas; las tontas que se enamoran terminan en el patíbulo o desterradas. Aun así, las mujeres gozamos con “Los Tudors”.  ¿Qué dama respetable se quejaría de una serie que nos brinda un Henry Cavill sin ropita?
Y Superman mostró más, Vean el primer capítulo.

En su entrevista, Michael Hirst también hace una aclaración sobre esas constantes incursiones al soft porn. Al pobre Hirst los de Showtime le doblaron la mano, peor que a Enrique en esa pelea de gallitos donde vence Suffolk y así consigue su reintegración a la corte. La compañía productora le devolvió a Hirst su primer guion, argumentando que era aburrido y que el público no estaba preparado para series históricas. Lo que salvó a “Los Tudors” fue, y me tiembla la mano escribirlo, “Roma”. Si, esa abominable serie de la HBO que comenzó con la moda de distorsionar lo histórico y opacarlo con viñetas infundadas de sexo gráfico.

 Todo lo que haya hecho Hirst en materia de incoherencia histórica ni se acerca a las barbaridades de “Roma”. Attia de los Julios (Polly Walker) era una discreta matrona romana, nunca fue amante de Marco Antonio (James Purefoy). Su hija Octavia (Kerry Condon) jamás tomo drogas, ni era bisexual ni incestuosa. No, de solo acordarme me vuelve el reflujo intestinal. Sin embargo, los ejecutivos de Showtime estaban empeñados en que “Los Tudors” siguiera el estilo de” Roma”. El mismo Hirst lo asevera: La cadena HBO sacó una serie llamada ‘Roma’ y tuvo éxito; meses después los ejecutivos me llamaron y me pidieron que reescribiera el piloto, pero poniéndole más énfasis a las escenas de violencia y sexo.

Por suerte, “los Tudors” superó a Roma que apenas alcanzó para dos temporadas y que hoy nadie recuerda. A pesar de las declaraciones (en el 2012) de James Purefoy de que su serie fuera cancelada porque la HBO quería acumular presupuesto para “Juego de Tronos”, lo cierto es que si “Roma” hubiese temido más posibilidades la productora se hubiese arriesgado. “Roma” cumplió su propósito dejando un esquema que Michael Hirst supo refinar.

Lo importante de “los Tudors” es que tras el libreto hay una historia real y que conmueve. ¿Quién no sufrió con la degradación de la pobrecita Lady Mary (Sarah Bolger), quién no lloró la muerte de Jane Seymour (Annabelle Wallis), quién no se preocupó cuando el pequeño Eduardo (Jake Hathaway) se enfermó y Enrique se pasó la noche velándolo?  Yo ya levanté la mano ¿Y ustedes? Porque todo eso es histórico y cuando uno va a buscar la realidad en los libros de historia, no solo confirman lo visto además ahora nosotros podemos asociar rostros a esos personajes que antes eran solo nombres en un texto escolar.


 No pretendo sobrevalorar la obra de Michael Hirst. Para mi todo gran artista tiene pies de barro y he sabido criticar lo que ha hecho tanto en “Los Tudors” como en “Vikings”. Pero me consume la ira cuando veo como se le desprecia al compararlo con una abominación como “Wolf Hall”. Agradezco al Profesor David Starkey hacerme ver los anacronismos en vestuario y carruajes. Si no fuera por “los Tudors” yo no me hubiera interesado nunca en los diferentes ciclos que gobiernan las modas en el siglo XVI, pero me gustaría que Starkey le diera tantos palos a “Wolf Hall” como los que recibe la obra de Michael Hirst.

Por otro lado, y volviendo al tema del period piece para machos, “Los Tudors” es un parteaguas. Nos guste o no que le quiten lo femenino al drama de época, Michael Hirst abrió el camino para ”Espartaco” y sus dioses de la arena, para los piratas de “Black Sails” y para sus vikingos. El drama de época no hubiera evolucionado sin esas variaciones o desviaciones del estereotipo gentil de” Downton Abbey” o las adaptaciones de Jane Austen. Tal como sin “Downton Abbey” no tendríamos “Victoria,” sin “Los Tudors” no tendríamos “Los Borgias” ni “Juego de Tronos”.  Incluso voy a estirarme un poco y diría que sin “Los Tudors” no tendríamos “The Crown”.

Gracias a mi entrada al mundo de la Tudormania, y lo que me ha hecho leer sobre ese periodo, me atrevo a decir que la Inglaterra moderna nace con Enrique VIII. No existiría un imperio ni la grandeza de Gran Bretaña sin los Tudor. Tanto Victoria como Isabel II volvieron los ojos a la Era Isabelina para confeccionar su propia mitología. Pero también se ha hecho un escrutinio de   las torpezas de Enrique que son un total ejemplo de absolutismo dictatorial o de como nunca se debe gobernar.

Como saben, soy de esas lectoras/espectadoras que se apegan a relatos donde los personajes son lo primordial. Nada me atrapa más que ver a un personaje evolucionar y si me quejo de que la Lagertha de “Vikingos” ha hecho lo contrario, es porque en términos de personalidad, la reina vikinga ha retrocedido como cangrejo. Admiro que Michael Hirst no cometiera ese error en “Los Tudors”.  Se entiende que Enrique solo puede ir de mal en peor, porque en la serie como en la vida real, estamos ante un enfermo mental cuyo trastorno sin control médico irá en aumento. Lo mismo ocurre con Ana Bolena (Natalie Dormer), que, sin ser demente, evoluciona de una coqueta simpática a una histérica resentida ya que las presiones a las que la somete su nueva posición la hacen perder el control.

A mi parecer los personajes mejor desarrollados de la serie son Charles Brandon y la Princesa Maria. Mas allá de si este Duque de Suffolk es totalmente no-histórico, no podemos negar que el personaje de Henry Cavill es el más camaleónico. Comienza como un malévolo irresponsable que fomenta la mala conducta de su amigo, el rey. De ahí pasa a ser un abúlico con conciencia, terminando en un hombre agotado y amargado cuyos errores y falta de carácter destruyen su matrimonio.

Si este Suffolk no se parece en nada al real, no podemos decir lo mismo de “Bloody Mary”. Hasta ahora la ficción nos la había presentado como una vieja gorda, histérica y fanática. Michael Hirst y Sarah Bolger se encargaron de revelarnos a Maria antes de su reinado. Vemos como de princesita de cuentos y niña mimada de papi, acaba como la Piel de Asno, en la cocina, de fregona, por contradecir las aberrantes ordenes paternas.

Efectivamente a la Princesa Maria se le quitó todo, su posición, sus damas, sus joyas, su origen legítimo, su madre. Se la envió a cambiarle pañales a la hermana, a soportar humillaciones y presiones psicológicas que pueden haber sido violentas. Enrique no miente cuando les recuerda a sus obsequiosos cortesanos que muchos le aconsejaron decapitar a Maria por insubordinada.
Matía se desmaya al enterarse que su padre pretendía ejecutarla

Es cierto que Chapuys fue el único apoyo de la huerfanita, que hubo un incipiente romance con un príncipe alemán, que el pueblo la adoraba, y que Maria y Catalina Howard (Tamzin Merchant) andaban de las greñas. Y todo eso nos llegó gracias a la serie de Showtime. Si “Wolf Hall” y “Los Tudors” (y Jeremy Northam) me obligaron a ir en busca del verdadero Tomas Moro, esta semblanza de Sarah Bolger puede encaminarme a descubrir las raíces de esa verdadera Maria I.

María y su fiel Chapuys, la de fanfiction que se ha hecho sobre ese par


Espero satisfacer con los resultados de mi exploración tanto a los Tudormaniacos crónicos, como a los que amaron la serie en su momento y desean recordarla. Y, por supuesto, la idea es interesar a otros en esta serie tan malinterpretada, pero tan digna de seguir. Espero sus opiniones.

miércoles, 21 de junio de 2017

Una Historia de Dos Toms: cuando Wolf Hall se convirtió en historia alternativa.


A juzgar por los comentarios de los admiradores de Wolf Hall (y de su secuela Bring up the Bodies), el 70% de los lectores creen que el libro retrata sucesos verídicos. Se percibe a Thomas Cromwell como un hombre bueno que vengó a sus amigos, y que mantuvo una lucha constante con su perversa reina y el infame Tomás Moro. Cuatro de los seis capítulos que componen la adaptación televisiva de Wolf Hall han sido dedicados al match Moro-Cromwell. La serie termina resumiendo la vida de Cromwell como una rivalidad entre el Buen Tom y Tom, El Malo. ¿Era necesario distorsionar la historia tan tendenciosamente para santificar al villano? Esto va más allá de licencias literarias. Dame Hilary Mantel ha escrito historia alternativa, pero no nos lo confiesa.

Es cierto, Ana Bolena le había declarado la guerra al Señor Secretario y Moro era una pulga gigante en el gigantesco trasero de Enrique VIII.  Maestre Cromwell tenía que encargarse de ambos, pero hasta el final, no fue una cuestión personal. Sin embargo, la serie y los libros describen a Ana y a Moro como gente tan ruin que merecen ser hervidos como jaibas. Se espera que el lector aplauda cuando les llegue su merecido. Aunque “los Tudors” no esquivaron ni las fallas ni los oscuros historiales del Santo y La Bolena, se las arreglaron para mostrar también las virtudes de ambos. En cambio, “Wolf Hall” afirma que Ana carecía de cualidades, ¡y las de Moro se las encajan a Cromwell!


Una variación del TomKat

En la serie, cuando la mujer de Cromwell le cuenta que Catalina de Aragón sigue zurciéndole las camisas al marido, El Buen Tom murmura que si fuera la reina dejaría la aguja clavada en la tela. En una escena más adelante, Cromwell le dice a Enrique que él se opone al divorcio del rey. Suena bonito, pero no hay prueba histórica de que a Cromwell le haya importado alguna vez la suerte de Catalina. Él fue parte fundamental de la degradación y ruina de la reina española. Hizo lo imposible por alejarlas, a ella y a su hija, del trono, de la corte y de la buena voluntad del rey.  Admiro y respeto los intentos de Dame Hilary por presentar este Cromwell compasivo, pero aborrezco que para conseguirlo tenga que quitarle plumas de la cola a Tomás Moro y trasladarlas al trasero de su protagonista para que sea un pavo real más grande.

No hay mención en “Wolf Hall” de la estima que Santo Tomás sentía por Catalina de Aragón. En la vida real, entre los cargos que se le imputaron estaba mantenerse en contacto con ella y favorecer una invasión imperial a Inglaterra. Para cuando Tomás Moro fue encarcelado, la reina estaba incomunicada, no podía ver ni a su única hija. Pero es posible que Moro haya mantenido correspondencia clandestina con la entonces conocida como Princesa Viuda de Gales.


Uno de los motivos de Moro para rehusarse a acatar tanto La Ley de Supremacía como La Ley de Sucesión, fue para proteger a Catalina y apoyar los derechos de su hija Maria al trono inglés. Aunque no llego a la altura de los shiperos del “TomKat” y me imagino todo un cuento romántico entre la reina maltratada y su más leal vasallo, es verdad histórica que Tomás Moro le tenía mucho cariño a la mujer que consideró su soberana, hasta el día de su muerte. Moro conoció a una Catalina, aun adolescente, cuando ella llegó a Inglaterra a casarse con Arturo, Príncipe de Gales. En sus escritos, el humanista alaba la belleza y encanto de la joven princesa. Como la mayoría de los ingleses de su época, el futuro santo aprendió a admirar a una mujer que, no solo era caritativa con su pueblo, sino que también supo ser una valerosa y sabia regente.
Catalina en su addolescencia

Ambas leyes, la de Supremacía y la de Sucesión, confirmaban el matrimonio de Enrique y Ana Bolena a la par que declaraban nula la anterior unión matrimonial del rey. No debemos ver esto como un divorcio moderno, sino como un acto con graves ramificaciones. La anulación del matrimonio de Enrique dejaba a Catalina como una embustera que había afirmado falsamente que su primer matrimonio no había sido consumado. El casarse con Enrique, fingiendo ser aun doncella, la convertía en una ramera capaz de tener relaciones carnales con un hombre que no era su esposo legal,  y al ser madre soltera,  su Maria pasaba automáticamente a ser una hija bastarda. Tomás Moro no podía hacerse cómplice de tanta injusticia, así es que sus razones para no hacer juramentos ni firmar leyes iban más allá de su fanatismo religioso.
Catalina suplicándole a Enrique

Hombres de Familia
Cromwell y un gatito

En la vida real, los dos Toms compartían muchas virtudes en común, pero Wolf Hall se esmera en demostrarnos que las circunstancias de ambos caballeros los hacen diferentes. Los dos eran hombres que habían ascendido socialmente por esfuerzo propio, eran abogados hábiles, poliglotas, padres devotos, creyentes en la educación de la mujer, amantes de los animales, dueños de un humor caustico, y preocupados por la corrupción en la iglesia católica. Mantel abarca todas estas características al fabricar al Buen Tom, pero las oscurece o adultera en su creación de Tom, El Malo.
Moro y un conejito

Me cae bien Anton “Qyburn”  Lesser, pero es la antítesis, hasta en el aspecto físico, de Tomás Moro. La mayoría conocemos a Moro por el retrato que Hans Holbein hiciera de él, y que he visto de cerca aquí en Nueva York, en La Colección Frick. Existe también otro retrato de la época de estudiante del santo. Ahí se divisa, que aun para los cánones modernos, era un hombre atractivo.

Para cuando Holbein pintó a More, este ya había pasado la barrera de los cincuentas, adquirido un par de arrugas y había engordado un poco. Pero aún podemos apreciar su rostro fuerte, de mirada inteligente, mentón partido, nariz larga y aguileña y grandes ojos oscuros. Una imagen muy alejada del Moro de Lesser, con esa cara arrugada como pasa, apariencia desaliñada y pelo grasiento. Lesser interpreta a Moro como si fuera una gallina vieja, un pedante intolerante, un abogaducho hipócrita que usa las leyes para adquirir poder y honores, y su posición para hacer daño en nombre de un fanatismo ciego y sádico. Su odiosa personalidad hasta afecta su vida familiar.


La serie nos presenta una cena que Cromwell comparte con los Moro que es un caos total. Aun el cariño de Moro por los animales es utilizado en su contra. Vemos un espectáculo de mala comida, mala compañía, animales paseándose por la mesa y molestando a los comensales, un bufón que habla disparates y una anfitriona borracha que incomoda a Cromwell con un interrogatorio sobre su vida sexual. Este circo no corresponde a la descripción de la vida familiar de Sir Thomas More que nos brindan los relatos de sus contemporáneos, las epístolas familiares, los escritos y la correspondencia del autor de Utopía.

Me duele que Cromwell sea descrito como un hombre afable, lleno de amigos y cuya casa estaba abierta para todo el mundo. Me duele más que los televidentes digan/crean que Tomás Moro era un hombre desagradable que no tenía ningún amigo. Basta leer las palabras de Erasmo de Rotterdam sobre quien el filósofo apodaba “El Dulce Tomás”.  “Parece nacido y formado para la amistad,” escribe el holandés.” Es un amigo fiel y duradero. Es accesible para todos”. More no gozaba únicamente de la amistad de europeos influyentes. El mismo Enrique VIII tenía la fea costumbre de dejarse caer (sin anunciar y con todo su cortejo) en Beaufort House, morada de los Moros, y marcharse tras vaciar la alacena.

Tomás Moro desaprobaba los males de su iglesia, pero creía que la reforma debía ocurrir dentro de la institución. Su distanciamiento de Wolsey se debió a su incomodidad con la moral relajada del prelado, no a mero oportunismo como lo cree Cromwell en Wolf Hall. En su momento, Sir Thomas se interesó en la idea de una Biblia en idioma seglar puesto que podría ser utilizada en una de sus más caras ambiciones, la educación de las mujeres. Mucho se ha escrito sobre los esfuerzos de Moro por educar a su ilustrada hija, Margaret, pero no se detuvo ahí.



Aparte de ser el profesor de Margaret More Roper, una de las mujeres más eruditas de su época, Tomás Moro promovió el estudio de idiomas y otras disciplinas entre las mujeres de su casa: sus otras hijas, Elizabeth y Cecily; su hijastra Alice Middleton; su ahijada, Anne Cresacre, que más tarde sería su nuera; y Margaret Gigg Clemens, hermana de leche de Meg Roper. El humanista estuvo muy unido a esas mujeres, sobre todo con las “Megs”. Margaret Clemens fue la única parienta a la que se le permitió asistir a la ejecución de su padre adoptivo y a ella se le entregó el cuerpo decapitado del mártir. Por supuesto que ninguno de estos detalles familiares forma parte de “Wolf Hall”.
Las "Megs" según Holbein







La novela, por otro lado, nos muestra a un Cromwell devastado por las muertes de sus hijitas, pero su amor paternal no alcanza para Jane, su hija ilegítima. A pesar de conocer su existencia, Dame Hilary se niega a hacer a Jane parte de su cuento. ¿Será porque la bastarda de Cromwell siempre fue ferviente católica?

El cazador de herejes
Michael Hirst fue un valiente al mostrarnos a Tomás Moro mandando herejes a la pira, pero cometió un error en “Los Tudors” al situar al Lord Canciller al pie de la hoguera de Simon Fish.  No existen documentos que indiquen que Moro haya asistido jamás a una ejecución y Simon Fish murió en la cárcel, víctima de la peste bubónica. Sin embargo, hay documentos, algunos de su puño y letra, donde el futuro santo se regocija ante la muerte de los herejes.



Aunque nos suene chocante ese regocijo, hay que situarlo en un contexto histórico. La persecución y exterminio de herejes era política de estado. Moro siempre trabajó dentro de los perímetros del sistema legal de su país. A partir de 1401, la ley inglesa consideraba la herejía como la peor de las sediciones y la castigaba con la hoguera.

Nos horroriza la idea de asar humanos, pero era una épica de suplicios atroces. A las adulteras y a los culpables de herejías se les achicharraba en la hoguera: a los envenenadores se les sumergía en calderos de agua hirviendo y a los traidores a la Corona se les colgaba sin ahorcarlos, para  luego dejarlos caer para finalmente “cuartearlos” (esto último consistía en castrarlos, destriparlos y arrancarles el corazón mientras aún estaban vivos).

En la época en la cual Tomás Moro fue canciller, seis hombres fueron a la hoguera:  Thomas Hitton, Thomas Benet, Thomas Bilney, James Bainham, Richard Baysfield y John Tewksbury. Se ha probado que Moro se involucró personalmente en los juicios de los últimos tres. Moro aprobó la quema de Hitton, el primer mártir reformista de Inglaterra, pero de Bilney dijo que era “bueno, leal y virtuoso” Lo que indica que, a pesar de su odio por los herejes, Moro no dejaba de reconocer la decencia de los mismos a quienes perseguía.

Veamos los casos de Baysfield, Tewksbury y especialmente del Maestre Bainham, que figura prominentemente en “Wolf Hall”. Los tres se habían retractado, habían huido al continente europeo y regresado a Inglaterra para reasumir su prédica pública. Paras Santo Tomás eran los más despreciables de los herejes. Los que fingían arrepentimiento para continuar propagando sus herejías, mofándose de la misericordia que se les había brindado. Como dijo Moro de Baysfield “¡Es un perro que regresa a donde ha vomitado!”
Martirio de Richard Baysfield

¿Por qué Tomás Moro se oponía tan vehementemente a la herejía? Hasta recientemente (y no solo en el cristianismo) se consideraba que la herejía ponía en peligro el alma de quien creía en ella. Además, durante el Renacimiento, se temía que la herejía pudiera socavar los cimientos de un estado. Como pacifista que era, Tomás Moro temía que un cisma religioso dividiese a Inglaterra y provocase una guerra civil como ocurriera en Francia y Alemania.



Moro estaba convencido de que extirpar las ideas herejes y exterminar a quienes las predicaban, era lo correcto, pero también creía en el poder de la contrición. En prisión escribió Dialogo del consuelo en la tribulación donde elogia el alivio que proporciona el arrepentimiento como una manera de evitar los peligros del infierno.  De los cuarenta herejes arrestados durante su periodo como canciller, treinta y cuatro no fueron ejecutados, y tres de los seis que perecieron en las llamas de la hoguera eran refractarios. ¿Qué pasó con los restantes?  Algunos murieron como Simon Fish, otros permanecieron en prisión, John Frith y Thomas Harding fueron ejecutados cuando ya Moro no era canciller, y muchos tras retractarse, nunca más reincidieron.

Habla bien del poder de convencimiento y la elocuencia de Moro, que tantos hayan rectificado (aunque fuera para salvar la vida). También tenemos el caso de William Roper, yerno de More, quien sinceramente se arrepintió de su apostasía gracias a la paciente intervención de su amado suegro. Hay una extraña escena en “Wolf Hall”.  El reincidente James Bainham (que Mantel convierte en abogado y amigo de Thomas Cromwell) ha sido arrestado nuevamente. El Buen Tom va a solicitar la ayuda de Tom, el Malo y por primera vez le otorga un poco de respeto. Reconoce los poderes de convencimiento de Moro y le suplica que convenza a Bainham de arrepentirse nuevamente. No llegamos a saber si Moro habló no con Bainham. Este último es quemado y Cromwell hace responsable al autor de Utopía. Lo cual queda en evidencia en el más irritante monologo de la serie cuando el Buen Tom hace a un lado la cara de póker y da rienda suelta a su ira sagrada.



 Ofuscado por la frase de Tomás Moro “No le hago daño a nadie”, El Buen Tom lo acusa de ser un hipócrita. “Y qué me dices de Bilney?” ruge Cromwell “¿Qué pasó con Bainham?” Acusa a Tom, el Malo, de haber torturado tan brutalmente a Bainham que el abogado debió ser llevado en andas hasta el patíbulo. Aquí parece haber un problema de secuencia. De acuerdo a la cronología de la serie, Bainham fue sometido a tormento en casa de Moro, tras lo cual se arrepintió. Semanas más tarde, gozando de plena salud y en plena misa, Bainham se puso a leer la Biblia de Tyndale a toda boca por lo cual fue arrestado. Es imposible que se le haya sometido nuevamente a tortura. El procedimiento era ajusticiar a los reincidentes inmediatamente.  Imposible que Moro hubiese vuelto a ponerlo en la rueda. En cuanto a Thomas Bilney, aunque se retractó por temor a la tortura, nunca fue sometido a ella. Su interrogatorio, juicio y ejecución tuvieron lugar en Norwich, bajo las órdenes del Obispo Dix. Tomás Moro tuvo muy poco que ver con su caso.

Una de las máximas de Dame Hilary Mantel es que el autor de ficción histórica siempre debe apoyarse en, al menos, dos versiones de un mismo evento. Ahora se contradice ya que toda su evidencia en contra de Santo Tomás Moro está basada en una sola fuente: El Libro de Los Mártires de John Foxe. Es sabido que el informe de Foxe está plagado de inexactitudes. El mismo autor confesó que sus informes estaban basados en rumores que corrían de boca en boca. En este caso, la boca le pertenece a un cura bandido llamado George Constantine que se dedicaba a la venta de libros protestantes en lo que hoy llamaríamos mercado negro. Moro lo aprendió y lo mantuvo prisionero en un galpón en su jardín.

 Constantine, quien a pesar de sus muchas mentiras nunca acusó a su carcelero de torturarlo, delató a todos sus conocidos que propagaban la Nueva Fe. Fue él quien denunció a Tewksbury, Baysfield y Bainham. Después, Constantin se las arregló para huir, provocando la risa de Tomás Moro. El futuro santo dijo que obviamente su prisionero había sido bien tratado y alimentado ya que tenía energías suficientes para librarse del cepo y saltar la barda del jardín.

El fugitivo huyó al Continente.  Tras la ejecución de Moro, regresó a Inglaterra y entró al servicio del desdichado Sir Henry Norris (uno de los acusados en el juicio de Ana Bolena). Ya en días de Isabel, Constantine se había vuelto delator de católicos y luego de tan ilustre carrera, se las arregló para morir en su cama. En sus días en Europa, Constantine comenzó a propagar un cuento de que en el jardín del canciller había un árbol al cual se ataban prisioneros para luego azotarlos.

Constantine juraba que vio a Tewksbury y a Bainham ser torturados. Curioso, porque para cuando ellos llegaron a casa de Moro, Constantine había huido. Bainham y Tewksbury fueron puestos en la rueda, pero eso ocurrió en La Torre de Londres y Moro no estuvo presente. Sin embargo, Dame Hilary Mantel nos quiere hacer creer que Tom, el Malo se había construido una cámara de tortura en su sótano, tal como hoy hay quienes instalan un gimnasio. Démosle crédito a la señora ya que es buena calumniadora.

En vida de Moro, sus enemigos hicieron circular el cuento del árbol y los azotes. A pesar de que se jactaba de cazar herejes, y sabía que la tortura en esos casos formaba parte de su sistema legal, él refutó esos rumores. En su Apología, confiesa haber apaleado a dos sirvientes por asuntos de religión, pero asegura que ese es todo el daño físico del que ha sido culpable en su vida.



Al borrar la línea entre lo real y lo imaginado, Hilary Mantel nos quiere convencer de que Tomás Moro era un fundamentalista de pelo sucio que andaba, como una Lady Melisandre cualquiera, quemando y torturando a los que le caían mal.  ¡Y vaya que tiene quien le crea!  Me he encontrado con páginas y sitios webs donde se habla de cómo Moro achicharró a cientos de herejes o como quemó (vivo) a Mathew Tyndale.  No los detiene ni a ellos, ni a Mantel, el hecho que Tyndale fuera ejecutado (en Bélgica) un año después de la decapitación de Tomás Moro, que murió estrangulado y que luego su cadáver fue presa de las llamas. 

¡Aun en la serie, Cromwell acusa a Moro de haber colaborado en el arresto y ejecución de Tyndale, que en ese mismo instante gozaba de buena salud! Toda esta pantomima nos ilustra sobre los peligros de la ficción especulativa. Sobre todo, si la autora asegura haber hecho sus deberes en lo que respecta a la investigación de hechos históricos.

Un santo recalcitrante
Aun así, a muchos les encantó que Wolf Hall sacara del closet a Tomás Moro y que se pusiera en duda su santidad. Como judía que soy no me siento con el derecho a exigir que se le quite la aureola.  Los santos no eran todos ejemplares. San Cirilo azuzó al pueblo a linchar a Hypathia; San Juan Crisóstomo era un antisemita total y San Olaf de Noruega fue un vikingo bruto. Para todos los efectos, Santo Tomás Moro fue un mártir que murió por proteger los intereses y el buen nombre de su iglesia. Por lo tanto, merece su espacio en el calendario.

Más allá de dogmas religiosos, siempre he admirado a Moro por su integridad, por luchar por el derecho del individuo a seguir los dictados de su conciencia, por negarse a permitir que lo atropellara un tirano y por no firmar ridículos edictos que beneficiaban a una ambiciosa y destruían la reputación de una mujer respetable. Nada de eso se manifiesta en” Wolf Hall”.



Los crímenes del Buen Tom
La superioridad moral que emana del sermón de Cromwell es incongruente. El sí empleó la tortura en múltiples ocasiones y no solo en la persona del músico Mark Smeaton. A juzgar por su comportamiento con los monjes cartujos y los pobres diablos del Peregrinaje de Gracia, el Señor Secretario tenía tejado de vidrio. ¿Entonces como andaba arrojando piedras? Pero la serie insiste en presentarlo como un ciudadano bonachón. ¿Cromwell el que instauró un estado-policial en Inglaterra? ¡Imposible!

En Wolf Hall, Cromwell consigue que Smeaton confiese sin necesidad de recurrir a la violencia. Su método es encerrar al músico en un cuarto oscuro. Aun así, muchos historiadores creen la versión de que Smeaton fue torturado. Hay dos fuentes que lo confirman, la Crónicas española de Eustace Chapuys y las declaraciones del poco confiable y siempre parlanchín John Constantin que como recordaremos, ya era empleado de Henry Norris. Dos motivos me llevan a creer que la tortura se hizo presente en ese interrogatorio. Mark Smeaton no era noble por lo tanto era el único del grupo al que se podía torturar y de los seis acusados fue el único en declararse culpable.
La Santa Monja de Kent

Este no sería el único crimen en el currículo de villano de Maestre Cromwell. Ya antes de su sermón, él había sido responsable de la indigna ejecución de la Santa Monja de Kent y la de seis monjes cartujos. Previo a su suplicio, los monjes fueron sujetos a condiciones horribles. Se les privó de comida y movimiento. Se les mantuvo encadenados a pilares, rodeados de su propio excremento. ¿Cómo se atreve Cromwell a sermonear a Moro cuando sus propias manos están inmundas?

Y por supuesto, están los crímenes que cometerá Cromwell más adelante: más monjes cartujos destripados;  la masacre de los líderes del Peregrinaje de Gracia,  que incluye la quema en la hoguera de lady Margaret Bulmer y el ahorcamiento del amigo personal del Buen Tom, Sir Francis Bigod; la muerte del Beato John Forrest, ex confesor de Catalina de Aragón y él único católico en ser quemado en la hoguera en Inglaterra,  y como acto final,  la ejecución (bajo una levísima evidencia de conspiración) de los últimos Plantagenet que acabaría en el martirio de una pobre anciana , la Beata Margarita Pole.

Últimamente, Dame Hilary Mantel parece estar sufriendo del Síndrome de George R.R. Martin. Lleva cinco años trabajando en el último volumen de su trilogía. Aun así, A Mirror of Light no parece estar siquiera cerca de ser terminado. ¿Será que la escritora no encuentra personajes para achacarles la culpa de los futuros crímenes de Thomas Cromwell? O quizás diga que esos crímenes son, como los cometidos contra Ana y sus supuestos amantes, actos de justicia. En la ambigua moral de estas novelas, “justicia “y “venganza” son sinónimos.

En “Los Tudors” Cromwell era implacable y cruel, pero no era un sádico. Tal vez por eso siempre me cayó simpático. Era un gran “fixer”, un Ray Dónovan renacentista. Lástima no poder decir lo mismo del Cromwell de Rylance, y no es culpa de actor. Dame Hilary ha retorcido la historia para poder conseguir que su protagonista emerja como un hombre tolerante y noble. Pero lo que consigue es un Cromwell rencoroso que destruye vidas en pos de mezquinas venganzas.

Me resultó repugnante el alivio del Buen Tom cuando Tom, el Malo, pierde la cabeza. Es tan inmaduro ese rencor que Cromwell siente por Moro debido a un desprecio que éste le hiciera cuando eran niños. Según Wolf Hall, ese incidente, que él santo no recuerda, es lo que lo llevara a la muerte. Moro debe pagar su esnobismo con su vida. Esta es una fábula donde todos pagan. 

Ana Bolena tomó parte en la caída de Wolsey. A los ojos de Cromwell, ella también debe pagar. En cuanto a los supuestos amantes, los cinco se han burlado de Cromwell, los cinco interpretaron roles en una pantomima anti-Wolsey (una obra que el Cardenal nunca vio). Que el castigo sea mayor que el crimen no parece molestar ni a Cromwell ni a su creadora. Después de todo, Dame Hilary arrastra su carga personal de neurosis y rencores infantiles. (Aconsejo la lectura del artículo “The Devil and Hilary Mantel”. En el, Patricia Snow identifica a los espectros de la infancia de la escritora y señala que rol han jugado en su narrativa).

La voluntad de servir a un tirano



No es accidental que “Wolf Hall” no coloque en la boca de Santo Tomás sus últimas palabras “Muero siendo un buen servidor del rey, pero  primero de D-s” En ese breve discurso Moro hace saber sus verdaderas razones para no acatar La Ley de Supremacía.  ¿Por qué iba comprometer su alma inmortal solo para servir a un tirano? Mal que mal, El Papado era la ONU de su época, un baluarte en contra de la crueldad de monarcas ineptos y hambrientos de poder como Enrique VIII.  

Hay quién creerá que Enrique Octavo independizó a Inglaterra, pero el único emancipado en este asunto fue el rey que de ahí en adelante no tuvo que rendirle cuentas a nadie. Más encima, auto-otorgándose una superioridad moral que no le correspondía, se convirtió en el guía espiritual de sus súbditos decidiendo lo que podían o no podían leer. ¡Eventualmente, y ante el horror del Buen Tom, Enrique se volvió un católico ortodoxo y comenzó a perseguir protestantes!



Para Tomás Moro estaba claro que a Enrique lo controlaban las gónadas. No quiso secundar a ese monstruo y estableció distancia, aunque esa distancia lo llevara al otro mundo. En cambio, Cromwell, estaba más que dispuesto a servir a un sociópata. El Buen Tom creía que le podía ponerle correa y collar al rey y usarlo a su antojo. Lamentablemente, Enrique cortó la correa y devoró al más leal de sus criados.

La serie “Wolf Hall “está bien actuada, posee atmosfera de época, visualmente es hermosa (a pesar de que a ratos es tan oscura que es difícil discernir lo que sucede), pero es tan tendenciosa que debo aconsejar a sus admiradores leer un poco más de historia antes de llegar a alguna conclusión. ¿Quiere eso decir que deseo más ficción sobre Los Toms?  ¡Para nada! Me parece que las excelentes interpretaciones de James Frain y Jeremy Northam, como los cancilleres, en “Los Tudors”, es un buen comienzo para poder conocer y comprender a estos individuos tan complejos e excepcionales.

Lo que me gustaría ver en ficción (es un antiguo capricho mío) es algo sobre “Las Megs”, Margaret More Roper y Margaret Giggs Clemens. Esta última no es tan conocida como su hermana de leche, pero es igualmente fascinante. Fue una gran matemática, experta en medicina natural, aparte de acompañar a su padre adoptivo al cadalso también asistió a los monjes a los que el Buen Tom torturaba. Es bueno recordar el valor, sabiduría y lealtad de estas mujeres que vivieron en una época en que los hombres dictaban las leyes y erraban al hacerlo