miércoles, 15 de noviembre de 2017

The Crown: Arriba de las escaleras del Palacio de Buckingham


Desde hace dos años que a los pobres “Downties” nos tienen aturdidos con cuentos chinos de que tal y tal serie es “la nueva Downton Abbey”. Así hemos tenido que ver bazofias como “The Halcyon” o epitomes de cursilería como “Victoria”. Creo que lo único que se salva de ese circo es “The Crown”, la visión de Netflix de la actual monarca de Gran Bretaña, Isabel II.


La mujer que iba a ser reina
No se necesita ser monárquico para ser parte del fandom de la realeza e Isabel lleva tantas décadas en el trono que sigue siendo un paradigma de cómo debe ser una reina. Pero una cosa es leer sobre familias reales en revistas del corazón y biografías, y otra que te aparezcan en la pantalla enseñándonos su triste humanidad. No nos molesta saber que el Rey Jorge III orinaba pipi azul, que Catalina la Grande era ninfómana o que Enrique VIIII era… ¿Que pecado no cometió el gordo? Incluso Victoria, fundadora de la dinastía Windsor, es un personaje lejano al igual que sus pecadillos. No así los reyes modernos. Aunque después de ver a Helen Mirren en “La Reina” poco nos queda por conocer de Isabel Alejandra María Windsor.

Para mí, Isabel es importante porque es el único miembro de la realeza que he tenido cerca (ella y el Duque, pero de él hablaré más adelante). En su única visita a Chile, en 1968, tuve la oportunidad de acercarme a Su Graciosa Majestad Británica, y como alumna de colegio británico, pude doblar mi rodilla ante ella (por suerte en la clase de ballet nos habían enseñado a hacer genuflexiones). Solo tengo que decirles que, al lado de Isabel, Cersei Lannister es una alpargata vieja. Admiró el trabajo de Dame Helen MIrren en “The Queen” y también aprecio lo que Claire Foy ha hecho con el difícil personaje que le ha tocado encarnar, pero no llegan a capturar a la Reina que es una mujer reservada, pero que proyecta energía y carisma a raudales.

La gracia de “The Crown” es que nos lleva atrás en el tiempo para conocer a una Isabel joven, recién emergente de la adolescencia y de una guerra que ha dejado marcado al mundo. El primer episodio repasa desde las fabulosas bodas reales de Isabel y Felipe de Grecia, hasta el nacimiento de sus hijos mayores: Carlos y Ana. El segundo está dedicado al fallecimiento del Rey Jorge y los primeros días de Isabel debatiéndose entre el luto y la tremenda responsabilidad que pesa más que su corona. Los episodios siguientes giran en torno a la coronación y los problemas que la preceden.


Parece un poco aburrido ¿no? Sin embargo, es fascinante. Te atrapa gracias a tres razones. Primera, las similitudes, más sutiles que en “Victoria”, a ” Downton Abbey”. Segunda, las poderosas actuaciones, principalmente las de la pareja principal. Es una serie muy profunda y la profundidad la consigue el reparto no gracias a diálogos efectivos, como es la costumbre, sino gracias a frases cortas, pero contundentes, y a un magnifico dominio del lenguaje corporal y facial. Por último, “The Crown” no tendrá dragones ni sexo ni violencia, pero es un “Juego de Tronos” moderno que toca una historia cercana (para mi más cercana que para ustedes) cuyas repercusiones siguen afectando a Inglaterra, a Europa y a un imperio que dejará de serlo precisamente en los primeros años de reinado de Isabel.



Jorge VI vs Robert Crawley
Los dos primeros episodios son una mirada a cómo fuerzas exteriores pretenden refaccionar a Isabel y convertirla en la cabeza de una monarquía parlamentaria y moderna. La mayor fuerza es el Rey Jorge, padre de nuestra protagonista. Desde que Colin Firth tartamudeara en “El discurso del rey” que Jorge VI se ha convertido en una referencia cultural, lo hemos visto en todo tipo de aspectos físicos desde el de James “Slurp” Purefoy hasta el de Ser Jorah Mormont. Jared Harris, cuya muerte me hizo llorar en “Mad Men”, ahora nuevamente me tiene gastando pañuelos desechables por este rey que venció tantos obstáculos y fue vencido por el cáncer pulmonar. Lo vemos batallar en silencio, escupir sangre discretamente, luchar por proteger su pasado y futuro que son Gran Bretaña y su heredera. Es aquí donde entra en juego el factor “Downton Abbey”.


Por seis temporadas vimos a Robert Crawley, Conde de Grantham, lidiar con sus grandes desvelos: sus hijas y su feudo, la Abadía de Downton. En el caso del Rey Jorge, su feudo se expande hasta convertirse en un país, incluso un imperio que se desmorona. Como Lord Grantham, Jorge quiere mantener el pasado, pero también adaptarse al futuro. Por sobre todo él quiere legarles a sus hijas, principalmente a la primogénita, el amor por su terruño y la necesidad de protegerlo.

En otros filmes, hemos visto al Rey Jorge intentar ser un buen gobernante, vencer su tartamudez, compartir con su gente los horrores de la segunda Guerra Mundial, pero en “The Crown” lo vemos como un padrazo, lleno de amor por sus hijas. Ese amor se encapsula en esa frase que se repite a través de la serie:  “Isabel es mi orgullo, pero Margarita es mi alegría”.

 Hasta, en genuino espíritu Downton le han dado un especial navideño, donde el rey comparte como gran castellano, con su familia y sus vasallos. Pero la escena donde más se siente el pathos de la inminente partida del soberano, es en vísperas de su fallecimiento en su dueto con su hija menor. Esa interpretación, semi a capella y un poco desafinada, del clásico de Rodgers-Hart “Bewitched, Bothered and Bewildered”” es todo un testimonio del fuerte lazo que unía a la princesa y su padre.


Sin embargo, la mayor preocupación del rey Jorge fue “su Orgullo”, su heredera. Como Robert Crowley no vio mejor manera de ayudarla a gobernar que consiguiéndole el mejor consorte. Ahora, hay que ver las diferencias entre ambos casos. Tanto los padres como la abuela de Lady Mary la empujaban a casarse con su primo, el abogadito de Manchester, que iba a heredar la Abadía. En “The Crown, y el detalle es histórico, fue Lilibet (el apodo de la Reina) quien eligió. O mejor dicho en el mejor estilo Barbara Cartland, ella dejó que su corazón escogiera.  Desde que Isabel tenía trece años que sabía que no se iba casar con nadie sino un primo lejano, príncipe de Grecia y oficial de la Marina de Su Majestad.

El Príncipe Consorte
Por eso les tocaba a sus parientes tener esas reuniones downtonianas donde se discutía el futuro de la pareja y las muchas fallas del pretendiente, desde la mamá esquizofrénica hasta los cuñados en la SS. Pero los principales defectos de Felipe eran su pésimo carácter, sus pésimos modales y sus pésimas finanzas. Sería muy nieto de la Reina Victoria, pero no tenía un peso a su nombre y no era lo que hoy llamaríamos “políticamente correcto”.

Es una exageración de la serie ese grosero acercamiento del Duque de Edimburgo a los reyes masái en Kenia, pero que el Príncipe Consorte ha metido las patas diciendo barbaridades, eso, toda la vida. Yo me acuerdo de que fue muy sonado en Chile, cuando amonestó a Salvador Allende por presentarse en una fiesta de gala sin esmoquin. Don Chicho intentó explicarle que el Partido Comunista se lo prohibía. El Duque, muerto de risa, le preguntó entonces que si vendría en calzoncillos si se lo exigía el partido. La Reina en cambio, en esa visita chilena, solicitó que le presentaran a Allende “porque nunca había tenido un comunista de cerca”. Y ahí lo estuvo escudriñando con esa mirada entre curiosa y astuta, que heredó de la bisabuela Vicky, esa mirada que es lo único en lo que Claire Foy ha fallado al caracterizar a Isabel II.


Aparte de encontrarle una mirada dura, que me recuerda a su Ana Bolena de “Wolf Hall”, Foy ha sido una magnifica Isabel y voy a sentir dejar de verla en el papel a partir de la tercera temporada. Ha sido polifacética en su interpretación de Isabel II. Nos la ha mostrado ingenua y encandilada con el novio en el primer episodio. Mas tarde, tímida e insegura en su relación con Winston Churchill. Incluso nos ha desplegado el famoso temperamento real. No se puede sobrevivir al sarcasmo de una pareja como Felipe, sin tener carácter. Y si, eso de lanzarle una raqueta de tenis por la cabeza al marido, es un detalle histórico.

Me incomodó saber que Matt Smith iba dar vida al Duque de Edimburgo. ¿Cómo iba el Dr. Who a encarnar al hombre más gallardo que he visto en mi vida?  Pero me cerró la boca con una interpretación impecable. Lo tengo en mente cada vez que menciono como los actores hablan sin palabras en esta serie. Esa mirada con la que le informa a su real esposa que ha quedado huérfana de padre fue impagable. Tal como el derrumbe corporal de Felipe, en el penúltimo episodio, cuando Isabel le dice esa frase de que, aunque les pese a muchos “eres el único hombre al que he amado”.

Una de las escenas más intensas de la serie es cuando en la Abadía de Westminster un Felipe furioso reniega de tener que arrodillarse ante su mujer durante la ceremonia de coronación. Aunque este es un hecho inventado (como Príncipe de Grecia, Felipe se conocía al dedillo el protocolo y nunca ha pretendido cambiarlo), los productores explicaron que necesitaban de una escena así para que el público plebeyo comprendiera la frustración y humillación que significaba ser príncipe consorte.

La primera temporada de” La Corona “se ha centralizado en dos puntos. El primero ha sido la difícil vida marital de la soberana. A pesar de que se han exagerado algunos aspectos y casi no se mostraron los primeros cinco años de matrimonio que fueron una perpetua luna de miel, lo cierto es que los primeros cinco años tras la muerte del Rey Jorge fueron muy difíciles para el Duque de Edimburgo.
Obviamente, y con el carácter que tiene, se lo hizo saber a su esposa. La serie nos muestra que, por amor, Felipe tuvo que sacrificarlo todo: nacionalidad, familia, carrera, ¡si hasta tuvo que dejar de fumar! Pero lo que más lo afectó fue que sus hijos no pudiesen apellidarse como él. “Soy el único hombre en Inglaterra que no puede darle su apellido a sus hijos. ¡Soy una maldita ameba!” Esa frase que dice en la serie, también la lanzó en privado el príncipe de la vida real.


A pesar de los escollos que esta pareja ha sobrevivido en la vida real y en la ficción, nos queda claro a los que hemos seguido la trayectoria de Isabel y Felipe, que la reina no pudo encontrar mejor pareja. El Duque de Edimburgo comprendió finalmente su rol en la vida de su esposa. Rol que en “The Crown” le es transmitido por Jorge VI en una escena totalmente downtoniana. De madrugada, el rey despierta al futuro yerno (y nos enteramos de que Felipe duerme desnudo y le vemos las pompas a Matt) para llevarlo a cazar patos. En medio de la cacería, Jorge le explica al nuevo ciudadano británico que su mayor deber patriótico es amar y proteger a la futura reina. “Ella es tu trabajo” le dice el rey.


La química entre Matt y Claire, incluso en las riñas maritales, es inequívoca e intensa. Solo espero que los actores que los reemplazarán en la tercera temporada (Olivia Coleman será Isabel) posean una parecida, porque en “The Queen”, la intimidad entre James Cromwell y Helen Mirren si quedó clara y creo que pocos dudan que, en su marido, Isabel II ha tenido un apoyo y un gran cómplice.

La abuela, el tío, la madre y la "alegría" del rey



“The Crown” es hija y precuela de “La Reina”. Ambas son escritas por Peter Morgan a quien no le gusta que comparen su serie con “Downton Abbey”.  Sorry, Peter, pero la relación entre Isabel II y su abuela, Maria de Teck, es casi calcada de la de Lady Mary y Lady Violet en “Downton Abbey”.  Dame Eileen Atkins es casi tan aguda y emotiva como el personaje de Dame Maggie Smith. Tal como Lady Violet, la Reina María es cínica pero más que dispuesta a prodigar cariño y sabios consejos en su nieta. Particularmente conmovedora es la escena en que la vieja reina es la primera en hacer una reverencia ante la nueva reina."

A Alex Jennings le gusta interpretar personajes de sangre real. Fue el Príncipe Carlos en “The Queen”, Leopoldo de Bélgica en “Victoria”, y ahora da vida a un Duque de Windsor físicamente bastante parecido y dotado de una personalidad entre caustica y melancólica que debe asemejarse a la del verdadero. Aun así, esa escena en qué medio de la Crisis Townsend, Isabel llama al tío a Paris para pedirle consejo es totalmente falsa. El ex Rey Eduardo odiaba a su madre, detestaba a su cuñada y despreciaba a su sobrina a la que burlonamente apodaba “Shirley Temple”.

Quien no se parece en nada al personaje que interpreta es Victoria Hamilton a quien yo conocía como Miss Ruby de “From Lark Rise to Candleford”. Físicamente (petite, esbelta, de ojos oscuros) es la antítesis de Elizabeth Bowes-Lyon, pero en personalidad tampoco “The Crown” le ha hecho justicia a la Queen Mum Solo nos muestran sus facetas negativas: chillando como descosida cuando se muere el marido; borracha y trastabillando cuando Isabel le reprocha la mala educación que le han dado (un reproche muy curioso, por cierto). Incluso, la ponen de suegra chismosa advirtiéndole a la hija que Felipe no es buen padre con el Príncipe Carlos.

Entiendo un poco lo que han querido hacer. Yo admiro a Isabel II, pero adoro a la madre, y la gran mayoría de los británicos (monárquicos) comparten mis sentimientos. Por muchos años, Isabel tuvo que sacudirse la sombra de su popular madre y en este cuento que se enfoca en la reina, no en la Queen Mum, ha sido necesario rebajar la importancia de cualquier personaje que pueda opacarla.

Por último, tenemos a Vanessa Kirby en el rol de la Princesa Margarita. Como el miembro más rebelde de la familia real y la que más problemas causará a su hermana, al menos en esta primera temporada, Kirby hechiza y conmueve como la típica “princesa que quería vivir”. Aunque hablaré más sobre Margarita y su trágico romance con Peter Townsend en otra entrada, basta decir que la actriz, a quien yo ya conociera por su interpretación de Zelda Fitzgerald en “Genius”, captura los vericuetos del carácter de Margarita.

Vanessa es sexy y etérea la vez. Una escena en que súbitamente se presenta en la oficina de Townsend y lo besa en la boca para luego huir como si fuera un espectro o un hada que se digna a acercarse a un mortal, está cargada de sensualidad. Nuevamente sin necesidad de palabras los actores transmiten pasión reprimida. El simple gesto del Capitán Townsend (Ben Miles) de sujetar a la Princesa por la falda tiene connotaciones eróticas más intensas que cualquier revolcón de las series a las que estamos acostumbrados.








Sin sexo gráfico, sin desnudos (aparte las nalgas de Matt Smith) y sin violencia, “The Crown” consigue transmitir todo el drama de un “Game of Thrones” moderno, expresando el peso físico y moral de portar una corona y de cómo se puede ser rico, famoso y de sangre azul y sufrir como cualquier plebeyo.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

La Duquesa de la Victoria: Personajes reales de “Tiempos de Guerra”


En entradas anteriores hemos conocido el trasfondo histórico de “Tiempos de Guerra”, primera serie televisiva en cubrir la Guerra de Rif. Pero como suele ocurrir con este género, mezcla de historia y romance, los personajes ficticios trascienden tanto los hechos reales como a los personajes que realmente existieron. Aun así, es de admirar (en lo mucho de admirable de este dramatizado) la importancia que se le ha otorgado a Carmen Angoloti, Duquesa de la Victoria, jefa de las “damas enfermeras” y de su hospital en Melilla.

Hace unos días, mi mejor amigo me preguntaba en Facebook si esta serie de Antena 3 presentaba a Francisco Franco y su famosa gestión en la guerra de Marruecos que labraría su prestigio militar. Le respondí que una de las sutilezas de “Tiempos de Guerra” es evitar mencionar al Caudillo y a los otros generales “africanistas” que luego formarían parte de su estado mayor durante la Guerra Civil. Sin embargo, la serie si nos trae personajes históricos que juegan un rol sobresaliente en este cuento como lo son La Reina de España, Victoria Eugenia de Battenberg, y su amiga, colaboradora y devota dama, La Duquesa de la Victoria.

Doña Carmen ha sido, desde el primer episodio, el pegamento que une a esta serie. Ha sido la pastora del rebaño de enfermeras que las ha arreado hasta otro continente, un escenario de guerra, y un país extraño y de extrañas costumbres. Es quien las ha adiestrado y ha sido su guía en el difícil arte de atender heridos. También ha sido la mentora y figura materna del trio protagónico involucrándose en sus problemas y acudiendo en ayuda de cada una de ellas, sacándolas de líos y atendiendo a los nuevos personajes (Pedro, Larbi) que forman parte del entorno de sus ‘damas enfermeras” predilectas.

En una época en que cualquier marimacho agresivo recibe el título de “badass” resulta refrescante poder aplicarle ese calificativo a una mujer luchadora, que superó los prejuicios de su casta, para ir en ayuda de los más necesitados. En este caso los soldados heridos de la despreciada Guerra de Marruecos. Lo fantástico es que Carmen Angoloti existió y en la vida real fue tan badass como en la serie. Por ejemplo, todos esos enfrentamientos con el Coronel Marquez están basados en las luchas de poder que tuvo la Duquesa de la Victoria con el coronel Treviño, Jefe de Sanidad Militar en Melilla.

Es verdad que Doña Carmen usaba sin empacho el nombre de su reina para abrirse paso entre burocracias y prejuicios de militares que no veían con buenos ojos que damas de sociedad viniesen a disputarles el don de mando. Su frase “con la reina o sin la reina “era un  “Ábrete Sésamo”, la única manera para contrarrestar su condición de mujer y la de sus ayudantes. Su intención no era hacerle al juego de tronos, solo establecer mejoras en un servicio médico ya en si deplorable.



Como si esto no fuese suficiente material para melodrama, los libretos aplican más recursos dramáticos. La Duquesa de la serie sufre de un mal todavía no identificado que le provoca mareos, hemorragias nasales y zumbidos en los oídos. Esto la debilita y por supuesto, cuando se descubre, da una excusa a Márquez para quitarle el mando, algo que Doña Carmen no consiente. Ni siquiera consiente en que su reina se la lleve de regreso a España.  Todo un ejemplo de empuje femenino cuando Doña Carmen convence a Doña Ena de que enferma o no, ella se la puede y que es la más indicada para llevar a cabo los planes de Su Majestad en el Protectorado.



En el entorno de La Duquesa y sus enfermeras, los hombres están matándose unos a otros. Incluso los del mismo bando pueden traicionarse como lo ejemplariza el repulsivo comandante Silva. Doña Carmen ofrece una lección sobre como la verdadera autoridad reside en el poder de convencimiento, del dialogo, de la caridad, y de la razón.

Otro recurso dramático al que han echado mano los libretistas es hacer que una bala de un francotirador alcance a la Duquesa. Aunque hasta donde sabemos, Carmen Angoloti ni sufrió de enfermedades exóticas ni fue herida, lo cierto es que tanto ella como sus enfermeras estuvieron expuestas a todo tipo de trastornos. Como no-combatientes no tenían derecho a portar armas, y sus únicos métodos de defensa eran su buena voluntad, vocación y sentido del deber. Pero para conocer los peligros que vivieron las damas enfermeras y su líder, tenemos que ver primero quien realmente fue Carmen Angoloti y Meza.



Hasta ver “Tiempos de Guerra”, yo no había oído nunca nombrar a La Duquesa de la Vitoria. Así que me fui a buscarla en la Wikipedia. En septiembre había apenas un puñado de datos. Ayer vi que la entrada había cambiado, estaba organizada y cubría casi una página entera. Eso demuestra el interés por el personaje, interés suscitado por “Tiempos de Guerra”. Aun así, todavía hay mucho que explorar en la vida de esta mujer extraordinaria.

Maria del Carmen Angoloti y Mesa nació el 17 de septiembre de 1875. Era hija de Joaquín Angoloti, que fue diputado en las Cortes por San Juan, Puerto Rico, senador por Orense y llegó a ser presidente de la Cámara de Comercio de Madrid. A los 17 años, Carmen contrajo matrimonio con Pablo Montesinos, sobrino nieto del General Espartero. El matrimonio dio la oportunidad a la novia adolescente de ostentar dos títulos, Duquesa de la Victoria y Condesa de Luchana.

Sabemos poco de las primeras décadas de esa unión. Pablo que servía en la Caballería y alcanzó el rango de coronel, era también dueño de grandes hectáreas en Extremadura. No sabemos si su esposa pasaría sus primeros años en su latifundio extremeño o en Madrid. No tuvieron hijos. En 1905, el Duque fue nombrado agregado militar de la embajada española en Berlín. Allí residiría la pareja por varios años. En 1911, Doña Carmen, cercana a sus cuarenta años, fue nombrada dama de la reina Victoria Eugenia.  Como dijera en mi semblanza de La Reina Enfermera, Doña Ena no cultivó amistades entre sus cortesanos. El que haya sido tan unida a La Duquesa, habla muy bien del carácter de esta última.

Cuando la reina se aboca a la reorganización de la Cruz Roja, Carmen la secunda en el proyecto con gran voluntad. Ella misma sigue los estudios de enfermería impuestos por los nuevos reglamentos, recibiendo su diploma en 1920. Comienza sus labores en el Hospital de San José y Santa Adela, en Madrid y será presidenta de la junta de esta misma institución. En 1921, veraneando en San Sebastián junto a su soberana, reciben ambas la noticia del Desastre de Annual. Ahí la reina le encarga llevar un destacamento de enfermeras de la Cruz Roja a Marruecos. “Vete allí y verás lo que puedes hacer” serán las ordenes que la Duquesa recibirá de Doña Ena.

En agosto de 1921, Doña Carmen desembarca en Melilla. No viene con Julia, Pilar y Magdalena. La acompañan tres Hermanas de la Caridad y dos diplomadas de la Cruz Roja. Ellas son Maria Benavente, sobrina del Premio Nobel, Jacinto Benavente;  y Carmen “Mimi” Merry del Val. A ellas se les agregará liego, Conchita Heredia, joven dama de la reina que deberá abandonar Marruecos por motivos de salud. Uno de los mayores peligros que enfrentan las damas enfermeras son las enfermedades de la región. Ya vimos en “Tiempos de Guerra” una epidemia de meningitis. A Mimi Merry del Val la picó un mosquito y hasta el fin de sus días sufrió ataques de paludismo.
¿Se ha contagiado Magdalena de meningitis? 

Aparte de los males que atraían la mala condición de los alimentos, el clima ardiente y una multitud de gérmenes que flotaban sobre una ciudad que no se preciaba por su limpieza, las damas enfermeras eran blanco fácil para francotiradores. La costumbre en los hospitales militares durante la Guerra del Rif era que, si había un ataque o tiroteos, toda actividad se suspendía, se cortaba la energía eléctrica hasta que pasara el peligro lo que dejaba a docenas de heridos en riesgo de muerte. La Duquesa proscribió esa costumbre. Bajo su mando, se mantenían las luces encendidas y continuaban las cirugías y otras actividades hospitalarias sin importar el peligro que el personal médico sufriera. Por eso, no estuvo desubicada la escena en que Carmen es baleada al atender un soldado herido.

La Duquesa impuso nuevas reglas. La más importante fue que el rango militar no debía pesar como prioridad para recibir cuidados médicos. Parece mentira, pero hasta la llegada de Doña Carmen si un oficial sufría de un sangrado de narices era atendido antes que soldados rasos que presentaban heridas más graves. Con ellas las damas enfermeras trajeron sanas costumbres de higiene, muy necesarias en el Protectorado; métodos antisépticos modernos; mejor nutrición y mayor seguimiento postoperatorio. No se miente al decir que salvaron más vidas que la Sanidad Militar. Sus labores iban mas allá de la curación. En su famoso discurso de elogio a La Duquesa, el diputado socialista Indalecio Prieto habla de haberla visto a ella y a sus enfermeras amortajando cadáveres y martillando clavos en los ataúdes.

La Duquesa era incansable. Se dividía entre España y el protectorado, viajaba a Madrid a conferenciar con la reina o a vigilar que los soldados heridos repatriados siguieran recibiendo atención medica de calidad. Para 1922, había establecido dos hospitales en Melilla. En 1924 abría otro en Larache y en 1924 inauguraba otro en Tetuán. Ese mismo año fue nombrada Inspectora de Hospitales de la Cruz Roja en Marruecos.

Si Santa Teresa construía conventos, La Duquesa de la Victoria hacía lo propio con hospitales. En esta labor la secundaba su marido. En “Tiempos de Guerra” Carmen le dice a Julia que su esposo es oficial de caballería y que pronto lo trasladarán a África. Efectivamente, el coronel Montesinos aparece en las crónicas de las labores de su mujer, ayudándola en tareas como la construcción de sistemas de alcantarillado y de instalaciones eléctricas en los nuevos hospitales. Se sabe poco del Duque de la Victoria, pero a juzgar por su trabajo en Marruecos, apoyaba los proyectos de la esposa y trabajaban en equipo, señal de matrimonio bien avenido.

Lamentablemente, el Duque de la Victoria ha pasado a la historia por un defecto que sufría y que aquejó a muchos hombres cultos de su época. Fue un gran antisemita y fomentador del antisemitismo en la España moderna. Tradujo al castellano Los Protocolos de los Sabios de Sion y en 1935 publicó Israel manda donde promueve la idea de una conspiración judeo-masónica que pretende dominar Occidente.

Entre tanto trabajo, Doña Carmen comenzaba a cosechar reconocimientos a su labor. La más importante la recibiría de boca de Indalecio Prieto que la calificaría de ser “la única heroína” de la Guerra del Rif. En 1921 se le concede la Cruz de la Orden Civil de Beneficencia y se la nombra hija Predilecta de Madrid.  En 1922 una calle de Melilla recibirá su nombre. Después de la Guerra Civil (y con cierta falta de galantería) se cambia el nombre por el del General Mola, pero en 1991 el Ayuntamiento de Melilla exige que se restaure el nombre de esta dama a la que la ciudad tanto debe.

En 1925 por primera vez se le concede a una mujer la Gran Cruz del Mérito Militar y la receptora será Doña Carmen. Ese mismo año el Comité de la Cruz Roja le hace entrega de la Medalla Florence Nightingale. Como si fuera poco ese año se le elevan dos monumentos, uno en Cádiz y otro en Madrid. En el de Madrid aparece rodeada de representantes de las tres ramas militares cuyos heridos curó: Policía Indígena, Ejercito Peninsular y la Legión Española.

Mucho se ha vinculado a La Duquesa con La Legión, que como viéramos en otra entrada nació en la Guerra del Rif. Se ha dicho desde que fue su madrina, hasta que uno de sus fundadores, El General Francisco Franco, ¡la pretendía! Lo que si es cierto es una anécdota un poco chocante que Ignacio Angoloti de Cárdenas, sobrino y biógrafo de Doña Carmen, recoge en su libro del 1958 La Duquesa de la Victoria.

Un día, unos legionarios que mucho querían a quien apodaban “La Madre Carmen”, se lamentan de no tener flores con que obsequiarla. Doña Carmen, siempre enemiga de homenajes, les responde ásperamente que no necesita flores:  “cabezas de moro son lo que hacen falta”.  Era un decir, pero no se le dice eso a un Caballero Legionario. Días más tarde, la Duquesa recibiría un cesto de rosas entre las que habían clavado dos cabezas de moros. Como había de esperarse La Duquesa se desmayó de horror, pero no armó escándalo. Siempre tan discreta, mandó enterrar las cabezas.

Una anécdota más agradable es la que asocia a Doña Carmen con uno de los himnos más conocidos de La Legión Española. Estando de visita en Málaga, la Duquesa asistió a un espectáculo en el que escuchó a Lola Montes interpretar el cuplé “El Novio de la Muerte”. Doña Carmen invitó a la cupletista a viajar a Melilla para entretener y levantar la moral de la población militar y civil. En Marruecos, Lola entonó el cuplé y lo hizo vestida de enfermera, detalle significativo que la asociaba con la Cruz Roja y por ende con la Duquesa. Impresionado, Millán Astray decidió incorporar al Novio de la Muerte al repertorio de himnos de la Legión que acababa de fundar.



La Duquesa de la Victoria se la pasó entre España y el Protectorado hasta el fin de la Guerra del Rif, participando activamente en el Desembarco de Alhucemas que daría término al conflicto. Acabada la guerra, Doña Carmen regresó a Madrid reintegrándose a sus labores en el Hospital de Santa Adela del cual era presidenta. En 1931, tras la caída de la monarquía, Los Duques de la Victoria acompañarían a sus soberanos al exilio. Tras dejar instalada a la familia real en Roma, los Duques regresaron a España.

El Alzamiento de julio de 1936, que da inicio a la Guerra Civil, coloca a los Duques de la Victoria en la lista de desafectos a la Republica. Sus tierras extremeñas son expropiadas, y la pareja es arrestada. El Duque, coronel de la reserva, recibe una oferta de incorporarse al ejército de la Republica. Anciano, retirado y monárquico, obviamente el Duque se niega. Será fusilado en las tapias del cementerio de Aravaca donde también caerían Ramiro de Maeztu, Ramiro Ledesma Ramos, y varios miembros de la familia real española.

La Duquesa tiene más suerte. Es llevada a la pavorosa Checa de Bellas Artes donde hace lo que sabe hacer. Se dedica a cuidar a sus compañeras reclusas, aunque eso signifique tener que chocar con sus carceleras inclusive llegando a enfrentarse a “La Nuncia”, la más brutal de ellas. Cuando los milicianos vienen a buscarla a ella y a otras prisioneras para fusilarlas, Doña Carmen los convence de no hacerlo.
Ex Checa de Bellas Artes (tambi'en llamada de Fomento)


Entretanto La Cruz Roja Internacional y la comunidad diplomática extranjera en Madrid se han interesado en su caso. El gobierno de la Republica cede ante las presiones y decide su liberación, pero eso no garantiza la seguridad de la Duquesa. Será Edgardo Pérez Quesada, valeroso Encargado de Negocios de la Embajada Argentina, quien gestione el rescate de Doña Carmen.


Edgardo P'erez Quesada

 Carmen Angoloti se convierte en una más de los cientos de refugiados cuyas vidas salvaría la diplomacia argentina en ese “Madrid de milicianos” como cantaba Celia Gámez. A pesar del estado caótico en que viven los asilados, se la recibe con muestras de júbilo en la Embajada. Doña Carmen vivirá unos meses ahí sujeta a todo tipo de privaciones, más el terror de las visitas de milicianos que exigen se les haga entrega de los asilados. Finalmente, Pérez Quesada consigue que el gobierno de la Republica permita que sus protegidos salgan del país. Con otros compañeros, y con escolta diplomática, Doña Carmen viaja a Alicante donde embarca la comitiva en un buque argentino, el Tucumán, que parte a Marsella.
Asilados en la Embajada Argentina (Foto de Pepe Campua que tambi'en estuvo refugiado en ese edificio) 

Esta mujer indomable pronto cruza la frontera en Irún y se establece en Burgos. El Ministerio de Guerra le otorga una pensión de viuda, en enero de 1938, pero ya la Duquesa está embarcada en lo que sabe hacer en tiempos de guerra: curar heridos. En 1939, es nombrada presidenta de los Hospitales de la Cruz Roja. Ocupará ese cargo hasta fines de los 50.



En 1959 fallecía Carmen Angoloti y Mesa en su Madrid natal. Sus últimos años los pasó trabajando. Siempre fue discreta, enemiga de honores o de hablar de sus experiencias tristes o alegres. En 1958, su sobrino Ignacio la entrevista y consigue de su boca oír la verdad de muchos hechos de la prodigiosa vida de su tía. Aunque se trate de una biografía La Duquesa de la Victoria, hoy un libro difícil de conseguir está escrito en primera persona, por lo que es como oír de labios de Doña Carmen su aporte a la historia española.


Queda una última anécdota sobre esta mujer tan fascinante. En Los Años del Miedo, Juan Eslava Galán la coloca en Roma recibiendo el último aliento de Alfonso XIII. Aparentemente, si se trasladó a la Ciudad Eterna para ser cuidadora de los últimos días de su rey. Como narra Eslava Galán, Alfonso se rehúsa a recibir a su esposa, por lo que quien lo atenderá será la Duquesa de la Victoria, quien además se encargará de amortajar al soberano tal como la atestigua esta carta de su puño y letra que envía desde el Grand Hotel de Roma.
Hacer esta semblanza ha sido un placer, aunque he tenido que hacer una larga investigación entre documentos en línea y libros de mi biblioteca. Pero todavía tengo la impresión de que hay más cosas que no sabemos de esta mujer generosa, adelantada a su época y semi fabulosa. Hay que agradecer a “Tiempos de Guerra” que nos haga, como público, buscar datos e interesarnos sobre la ahora mítica Duquesa de la Victoria.


lunes, 30 de octubre de 2017

La Reina Enfermera: Personajes reales de Tiempos de Guerra


La sexta entrega de “Tiempos de Guerra” ha sido titulada “La Reina Enfermera” y ha contado con una aparición especial de Cuca Escribano en su rol de Victoria Eugenia de Battenberg, Reina de España. Ha sido un gusto ver a un personaje olvidado, a veces malinterpretado, de la historia ibérica. Se ha expandido su rol en esta serie sobre La Guerra de Marruecos, pero como ha dicho el guionista Carlos López, Doña Ena merece una serie para ella sola.

Los historiadores no han sido del todo justos con Doña Victoria Eugenia. Ahora que acabo de terminar Los años del miedo de Juan Eslava Galán me he sentido incomoda y con un poco de vergüenza ajena por el modo burlesco, casi chulesco, con el que el autor se refiere a la familia real española de esos años. Pase con Don Alfonso que fue un mal rey, pero burlarse de la reina que tanto sufrió y tanto quiso a un país que la recibió a bombazo limpio, me parece poco caballeroso.

En la imaginación popular, la pobre reina Ena ha quedado como una pobre inútil, frívola y cornuda. Se la retrata como perdida en una tierra cuya lengua nunca pudo aprender bien y cuyo rey pronto dejó de quererla. Peor aún,  se le acusa de haber sido portadora del temido gen de la hemofilia.

Aida Flix dio vida a la reina en "Gran Hotel":

Hija de la Princesa Beatriz de Battenberg, a su vez hija menor y la más cercana a la Reina Victoria, Victoria Eugenia nunca esperó ser reina. Sin embargo, desde su infancia tuvo cercanía con España. Fue ahijada de la andaluza Eugenia de Montijo, Emperatriz de los Franceses; sostuvo amistad infantil con el Duque de Alba; y un solo encuentro con el ya rey de España fue el principio de una profunda, aunque breve historia de amor. A Alfonso XIII que era tozudo no le importó (pero solo por un momento) que Ena, como la apodaban, fuera protestante, no perteneciera la realeza y fuese portadora de la hemofilia.

A pesar de la oposición de la Reina Maria Cristina, madre del rey, Alfonso se casó en 1906 con Victoria Eugenia (ya convertida al catolicismo). Regresando de Los Jerónimos tuvieron un mal encuentro con el anarquista Mateo Morral que, en típico humor anarquista, les lanzó una poderosa bomba oculta en un ramo de flores. Aunque la pareja de recién casados resultó ilesa, murieron muchos integrantes del sequito real y varios transeúntes.  Incluso la explosión voló balcones matando a la Marquesa de Tolosa que se había asomado a ver pasar a los novios. La nueva reina, de solo dieciocho años, se portó con gran entereza y recibió a sus invitados en su vestido de novia ensangrentado. Sin embargo, es comprensible pensar que ese recibimiento no presagiaba una buena relación entre España y su nueva soberana.
Atentado de Mateo Morral 

Entre 1907 y 1914, Alfonso y Ena tuvieron siete hijos. Lo que superficialmente indicaría un matrimonio bien avenido, en realidad era una demostración de la necesidad del rey de tener un heredero sano. De los siete hijos de la pareja, solo tres eran saludables y dos de ellos eran hembras. De los cinco varones, Fernando nació muerto, Alfonso, el primogénito, y Gonzalo el menor, sufrieron de hemofilia. Don Jaime, a los cuatro años quedó sordomudo culpa de una mastoiditis y una operación chambona, El Rey culpó a su esposa por esta familia enfermiza. Buscó hijos con otras mujeres, inclusive liándose con la institutriz de los principitos.
Victoria Eugenia y sus hijos en 1917 (Foto de Campua padre)

La reina sufría en silencio. No tenía ningún apoyo en su suegra, que la odiaba, ni en cortesanos hipócritas. Buscó consuelo en obras de caridad. La enfermedad de su primogénito la llevó a crear hogares para niños abandonados y delincuentes juveniles. En recuerdo del suegro que no llegó a conocer, la reina fomentó campañas contra la tuberculosis. Pero su proyecto más grandioso sería la reorganización de La Cruz Roja Española. Fue ella quien impuso nuevos y más modernos reglamentos y uniformes. Su mayor logro fue la creación de un cuerpo de “damas enfermeras” quienes tenían que cumplir con un riguroso programa de entrenamiento antes de recibir su diploma. En toda esta empresa, la reina contó con la ayuda de Carmen Angoloti, Duquesa de la Victoria, amiga y dama de honor de Su Majestad.
La Reina en uniforme de la Cruz Roja

Sería la Guerra de Marruecos el escenario donde se desplegaría la importante labor de la Cruz Roja Española. Tras recibir la noticia del Desastre de Anual, Victoria Eugenia envía a la Duquesa de la Victoria y un contingente de Damas Enfermeras a Melilla. Esa es la base de la trama de “Tiempos de Guerra”.

La serie nos muestra los choques que tiene el ejercito con Doña Carmen y sus enfermeras quienes traen otras ideas sobre la atención de herido y que superan los métodos anticuados de los equipos de sanidad militar. La famosa frase “con la Reina o contra la Reina” que Alicia Borrachero espeta al comandante Márquez es histórica. La Reina representaba La Cruz Roja y la Cruz Roja traía cambios revolucionarios en lo que se refiere a métodos antisépticos y otras maneras de atender heridos.  

Durante el Conflicto en África, La Duquesa viajó a menudo, a Madrid a conferenciar con su jefa y soberana sobre el tema de los soldados, hospitales y enfermeras. En la serie vemos a Carmen acudiendo a Doña Ena para impedir exitosamente un fusilamiento injusto. No sorprendería que, dado el caso, Su Majestad hubiese intervenido. Tenía buen corazón y mucho arrojo en las causas que emprendía.


Gracias al material de soporte de “Tiempos de Guerra “ he descubierto que, aunque la única visita oficial de la pareja real a África tuvo lugar en 1927, la soberana viajó de manera informal y casi secreta en varias ocasiones a Melilla. En este sexto capítulo vemos a la Reina llegar al hospital en busca de Carmen a quien quiere llevar a convalecer a Madrid. A pesar de ser una visita privada, se la homenajea con una recepción en la cual Fidel aprovecha de pedir la mano de Susana. Después que la Reina es convencida por su Duquesa amiga de que debe dejarla en el Protectorado, Doña Ena se embarca en planes de construir hospitales en todo Marruecos, algo que realizaría La Cruz Roja antes de acabar La Guerra del Rif.

Contrasta el cariño con que la serie ve al personaje histórico, con el poco afecto que Victoria Eugenia se granjeó entre sus súbditos. Parece mentira, pero esta mujer tan altruista y progresista fue percibida como un ente frívolo y ameritó casi los mismos recelos y odios que otra famosa reina: Maria Antonieta. Siempre se la vio como una extranjera con costumbres que chocaban con la severa cultura española, sobre todo en lo que respecta al comportamiento femenino. Se la acusaba de gastar en vestidos y joyas, de ser amiga de las fiestas, y tan moderna que hasta fumaba con boquilla.

Es cierto que su español siempre fue marcado por pronunciado acento. Su nieto Juan Carlos seria, décadas más tarde, quien acabaría corregir la mala pronunciación de la abuela. Doña Ena no soportaba el espectáculo taurino (para ser sinceros, tampoco yo) y aparte del gazpacho, no gustaba de la comida española. Sin embargo, ella tan culta, amiga de la ópera y música clásica, tenía afición por las coplas y por tonadilleras de moda como Raquel Meller.

Philip de Lazlo la retrató con mantilla española, pero Victoria Eugenia fue siempre muy inglesa

Como ocurriera con Maria Antonieta, los peores enemigos de Victoria Eugenia fueron representantes de la nobleza. Existió una camarilla que pretendía reemplazarla con la amante del rey, Carmen “Nenuca” Ruiz de Moraga. Increíble, pero había nobles que preferían de reina a una actriz divorciada en vez de una mujer noble en todos los sentidos de la palabra. La misma Reina Maria Cristina demostraba más interés por los bastardos de Nenuca que por sus nietos legítimos. Sabedora de que el impulsador de la idea de reemplazarla era el Marqués de Viana, Doña Ena lo mandó a llamar. En una acalorada discusión, la reina terminó emplazándolo diciéndole que D-s habría de juzgarlo. Esa misma noche, el Marques caía fulminado por un infarto. Muchos acusaron a Victoria Eugenia de haber propiciado esa muerte con sus reclamos.

Mas crueles fueron otros rumores. En España, Victoria Eugenia tuvo pocas amistades, pero sus más devotos seguidores fueron los Duques de Lécera. Como a Maria Antonieta, se le levantaron a la reina calumnias espantosas. Se decía que Doña Ena tenía amores no solo con el Duque sino también con la Duquesa. Ningún historiador serio ha encontrado pruebas de esa falsa acusación. Solo un rufián como Paul Preston puede hoy en día seguir propagando ese chisme sin fundamento.

En 1931, Alfonso XIII era derrocado. Huiría de España como un cobarde, dejando atrás a su esposa y a sus hijos, algunos de ellos enfermos. Como Maria Antonieta, la reina pasó una noche de terror ante el temor de ser víctima de una turba revolucionaria que afuera del palacio gritaba insultos y obscenidades. Las asustadas Infantas, esa noche la pasaron junto a su madre. Al día siguiente abandonaron España.  Dicen que las últimas palabras de Su Majestad, al dejar suelo español fueron “¡Cuidad de mi Cruz Roja!”
La reina descansa en ruta al exilio (ABC)
La reina llega al Savoy

La Familia Real Española se reunió en Fontainebleau, en un hotel de cuarta llamado el Savoy. En el lobby fue donde Victoria Eugenia se encontró con Alfonso de quien llevaba un tiempo separada. Al exilio los habían acompañado algunos nobles leales como los Duques de la Victoria, y por supuesto, los Duques de Lécera. No se sabe si porque creyese rumores, o simplemente por fastidiar, Alfonso le exigió a su cónyuge que despidiera a los Lécera. “O ellos o yo “dijo el infantil ex monarca. Doña Ena eligió a sus amigos y le espetó al marido infiel: “I don’t want to see your ugly face again!” (¡No quiero volver a ver tu fea cara nunca más!) Es cierto, Alfonso que se creía Don Juan (y como lo describiera Pilar Eyre era todo un “depredador sexual”) era feo y más encima halitoso.


La Reina se separó de facto de su marido, dejando atrás, por un tiempo, a sus hijos que ya eran adultos, Se fue a vivir a Inglaterra con su madre. Mas tarde se iría a Italia donde varios de sus hijos residían y donde sus hijas se casarían con nobles de ese país. En 1941, fallecía en Roma el Rey Alfonso XIII. Basándonos en el recuento que Juan Eslava Galán da en Los Años del Miedo, la reina no estuvo al lado de su marido en las últimas horas del soberano. Alfonso no la quiso cerca a pesar de estar ella en Roma. El rey con gritos de “¡Fuera, Fuera!” la ahuyentó, prefiriendo la compañía de la Duquesa de la Victoria.

El gobierno de Mussolini terminó por expulsar a Victoria Eugenia de Italia. No la veían con buenos ojos creyéndola espía de los británicos. El inepto de Anthony Eden le escribió a la reina diciéndole que se olvidase de volver a Inglaterra ya que no podía prometerle protección de los simpatizantes de la Republica. Victoria Eugenia entonces compró una villa en Lausana y se instaló en Suiza donde pasaría sus últimos años.


El mayor problema de la reina nacía de su mayor defecto. Era manirrota, y además de costear sus cosas y sus sirvientes se hizo cargo de los hijos de su hijo Don Jaime, por eso siempre andaba corta de dinero. Victoria Eugenia nunca se metió en políticas españolas, solo lo concerniente a la sucesión al trono de su hijo Juan. A diferencia de su marido que aportó ayuda monetaria al Movimiento Nacional, la reina nunca se pronunció por ningún bando, aunque obviamente esperaba una restauración de la monarquía. Solo se sabe que apoyó al Conde de Barcelona cuando este rompió con el Franquismo en su Manifiesto de Lausana (1945). Por algo, Don Juan hizo su pronunciamiento desde la ciudad suiza donde residía su madre.

Curiosamente, El Caudillo no le guardó rencor a quien había sido madrina de su matrimonio. En 1955, le asignó a Doña Ena una pensión vitalicia de 255.000 pesetas anuales que la Reina, siempre apuradilla, mucho necesitaba. En 1968, la anciana reina volvía a pisar suelo español con motivo del bautizo de su bisnieto, el actual Rey de España. Recuerdo los artículos con fotografías en Vanidades y otras publicaciones de ese histórico bautizo del Príncipe de Asturias. Un año más tarde, Doña Ena fallecía en Lausana. En 1985, su nieto el Rey Juan Carlos I, hizo trasladar los restos de su abuela a Madrid.
La reina en el bautizo de su bisnieto.

La Reina Victoria Eugenia es un personaje histórico olvidado y cuando se la recuerda es por motivos nefastos: haber sido la pobre esposa abochornada y la culpable de la enfermedad de sus hijos. Se la asocia con una monarquía desastrosa o es pasto para la insidia de los chismógrafos. ¡Si hasta le inventaron un romance con su compadre, el Duque de Alba!

“Tiempos de Guerra” nos ofrece un retrato más fidedigno de Doña Ena y de las aportaciones que hizo a España. La Reina Victoria Eugenia fue quien reorganizó y modernizó la Cruz Roja española, expandiendo sus servicios por toda la Península y hasta el Protectorado. Sin sus desvelos, no hubiesen estado las medidas de higiene y medicina moderna al alcance de los heridos de La Guerra de Marruecos. Ella fundó los cuerpos de Damas Enfermeras” al que pertenecen Julia, Pilar y Magdalena. Ella misma sirvió en sus hospitales contagiando con su ejemplo a damas de la realeza y la de la nobleza. Ella fue “La Reina Enfermera” y sin ella no tendríamos “Tiempos de Guerra”.