lunes, 19 de febrero de 2018

Alberto y Felipe: Cuando Nadie en Inglaterra Quería Príncipes Consortes Alemanes



En la primera temporada de “The Crown”, vimos a cortesanos y miembros de la familia real desconfiar del origen alemán del prometido de la princesa Isabel. ¿Coincidencia? Porque en la primera temporada de “Victoria”, pueblo y clase política demostraron su molestia ante un enlace de su soberana con un príncipe alemán. ¿Es lógico ese repudio cuando hace más de tres siglos que los reyes de la Gran Bretaña son de la más pura cepa teutónica?

A dos meses de salir al mercado, la segunda entrega de” The Crown” ha elevado controversia, confusiones y dudas, sobre todo en lo que respecta al personaje del Duque de Edimburgo, núcleo de esta temporada. Pero desde la Primera Temporada que se ha dicho que el origen germano del Príncipe Felipe puede haber jugado en su contra al momento de casarse.  Este es uno de los pocos hechos verídicos en este descuartizamiento de la vida y aventuras de Felipe de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glucksburg.
Felipe en brazos de su madre Alicia de Battemberg

El primero es que, aunque nació   príncipe de Grecia y su bisabuelo era el rey de Dinamarca, su mismo apellido lo delata como de origen germano.  Todos sus ancestros inmediatos son miembros de casas principales de Alemania. Incluso su abuela la Gran Duquesa Olga Feodorovna era hija de Alejandra de Saxe-Altenburgo y nieta de la Princesa Carlota de Prusia.

Sin embargo, si revisamos (y lo vamos a hacer) el árbol genealógico de Isabel II encontraremos también (aparte de su madre) una preponderancia de sangre alemana con algunas gotas de plasma danés. Y la familia real danesa moderna desciende de la casa alemana de Oldemburgo. ¿Entonces de donde deriva ese sentimiento de asco por la sangre germana?  Las razones son político- históricas y van más allá de las guerras mundiales que enfrentaron a soldados británicos con soldados alemanes.

Una particularidad del pueblo inglés es su insularidad que en ocasiones puede derivar en xenofobia. Los motivos son que a lo largo de su existencia (y antes de que les bajara el prurito colonialista y se pusieran a invadir otras tierras) la Gran Bretaña fue muchas veces invadida o amenazada con alguna invasión.

Primero la invadieron los romanos, luego los sajones (tribu germánica) finalmente los vikingos. Pero la peor invasión, la que derrocó y destruyó a los reyes sajones fue una invasión de vikingos francoparlantes. Guillermo, El Conquistador impuso la cultura normanda y a través de su bisnieto Enrique, una dinastía normanda en suelo inglés, la Casa de los Plantagenet que reinaría hasta el siglo XV.
Las tropas de Guillermo, el Conquistador, en el Tapiz de Bayeux

Los Plantagenet tomaron por costumbre casarse con francesas, lo que no impidió que tuviesen con la nación gala una guerra que duró un siglo. Al cabo de la cual, y como todavía les quedaban ganas de pelear, estalló una guerra civil entre el rey Enrique de Lancaster, casado con francesa, y su primo Eduardo de York, de una rama Plantagenet menor, pero más inglesa. Todo ese lio acabó, como sabemos los adictos a reinas y princesas blancas, con el codicioso y paranoico Enrique Tudor haciéndose del trono.

En su momento se pensó que Enrique fundaba una casa real totalmente inglesa, incluso celta, pero tampoco era así. Era hijo de Margaret Beaufort, y Mi Señora, La Madre del Rey era bisnieta de Juan de Gante, lo que la hacia una Plantagenet. La abuela de Enrique era Catalina de Valois, que puede no haber sido hija del rey loco, Carlos VI de Francia (así de casquivana era la madre que dudas sobre la paternidad de su prole siguen hasta hoy), pero que de Isabel de Baviera heredó los desquiciados genes de los Wittelsbach y la sangre de los Visconti, Doria y Della Scala. Cuando uno mira los excesos Tudorianos hay que pensar en ese melange genético.

Saltémonos a los Tudors que eran muy locos y muy estériles y pasemos a los Estuardo. El rey Jacobo a pesar de públicamente repudiar esa cultura franco-católica que heredó de su madre, siempre se mostró proclive a refinamientos continentales e incluso flirteó con la idea de levantar las leyes anticatólicas que más allá de la religión, cerraban las puertas al acceso a conocimiento y artes desarrolladas en los países mediterráneos. Su mujer, Ana de Dinamarca, era católica enclosetada. Su hijo Carlos I se casó con una princesa francesa y católica.
Ana, la primera consorte británica con sangre danesa

Ante estos hechos que afectaban a la Iglesia Anglicana, la clase dominante inglesa cortó por lo sano cortándole la cabeza al rey e impuso una dictadura puritana, pero la muerte de Cromwell trajo de regreso a los Estuardo, más católicos y más francófilos que nunca. Hubo guerras y revoluciones. SE impusieron las nietas de Carlos I, ambas señoras anglicanas, una casada con Guillermo de Holanda, la otra con Jorge de Dinamarca. Como ninguna tuvo hijos que llegasen a edad de gobernar, se buscó urgentemente en las cortes luteranas del continente a algún descendiente de los Estuardo que tuviera pedigrí, pero también fuese un buen protestante.
De Elector de Hanover, Jorge pasó a ser rey del Reino Unido

Fue así como en Hanover encontraron a Jorge I. Casi sin hablar inglés, el rey cincuentón llegó a Albión acompañado de su amante germana, la Condesa von der Schulemburg.  Jorgito dejó a la Reina Sofía-Dorotea, su consorte, bien encerrada en Alemania como castigo por sus malos pasos. El nuevo rey no tendría reina, pero tenía un hijo varón que sería Jorge II. Así la Inglaterra dieciochesca viviría cuatro reyes, todos llamados Jorge, todos alemanes, todos casados con princesas alemanas.

Cuando muere Prinny (Jorge IV) y lo sigue su hija Carlota (hija de Carolina de Brunswick) el trono pasa a Alejandrina Victoria, hija del Duque de Kent y su esposa Victoria de Saxe-Coburgo. La serie nos lo deja claro. La reina Victoria es alemana por los cuatro costados, con su madre habla en alemán, su aspecto físico es germano, hasta su institutriz es alemana. Sin embargo, cuando pide en matrimonio a su primo hermano, Alberto de Saxe Coburgo, se alzan voces en contra de la unión. El mismo Melbourne aconseja a la reina repensar su decisión. Los ingleses no quieren un rey alemán.

Una cosa es tener reinas germanas en una época en que las consortes vivían escondidas en sus palacios, y otra tener un teutón bárbaro que, si algo le pasa a Victoria, reinará en su lugar. La prensa critica y caricaturiza a Alberto, pintándolo como una salchicha de Frankfurt. 

No se entiende este rechazo, si hace cien años, los mismos ingleses se fueron a mendigar a Hanover por un rey. Es que los tiempos han cambiado. Ya no se trata de reyezuelos en principados del porte de un pañuelo. Ahora Europa habla alemán. Prusia se perfila como el gran imperio, el poder que puede agrupar a todos esos condados, ducados y principados en un solo reino.

Las guerras napoleónicas han provocado un desequilibrio de poder. Francia intenta reinventarse bajo un “rey-ciudadano”, España es una sombra de su imperio, Italia una serie de reinos y ducados que todavía no saben cómo unirse ni sacudirse el yugo austriaco que los oprime. Donde no manda Prusia, rige el Imperio Austrohúngaro, también germano parlante. Austria no solo domina la Europa del Este también es dueña de Lombardía, Toscana y El Véneto. Solo Rusia gobierna más territorio y el imperio de los zares se proyecta hacia Asia, no Europa.


Cuando en “Victoria” Luis Felipe se queja de que los príncipes Coburgo se andan ‘robando” a todas las princesas europeas, no miente. Alberto es ahora consorte en la Gran Bretaña. Otro Coburgo se ha casado con la Reina Maria de la Gloria y juntos administran Portugal. Hasta de Brasil mandan venir Coburgos para sus princesas. Lo que Luis Felipe se guarda es que cuatro de sus hijos están casados con Coburgos, incluyendo a Luisa Maria, la mayor, casada con el Tío Leopoldo, Rey de los Belgas.


Y es que en Europa están apareciendo nuevas naciones y para gobernarlas sobran los príncipes alemanes. Bélgica ha elegido que la reine Leopoldo de Saxe-Coburgo. Su sobrino Fernando será rey de Bulgaria. En el trono de Rumania se instalarán los Hohenzollern y Grecia, luego que se sacuda a los turcos de encima, probará suerte con un rey Wittelsbach para luego reemplazarlo con un príncipe danés. Así la familia real griega se apellidará Schleswig-Holstein.

Pero volviendo a Victoria y Alberto. Ahí no existe problema con el apellido de los hijos. La reina enamorada está feliz de llamar a su prole Saxe-Coburgo, aunque el verdadero apellido (y les tomará cincuenta años recordarlo) es Wettin. El pueblo inglés comienza a ver con buenos ojos al consorte. Se publicitan (como se ve en “Victoria”) las mejores virtudes del príncipe tales como su interés en las ciencias y su afán de implantar medidas higiénicas tanto en el palacio como en su pueblo.

Gracias a Alberto la familia inglesa desarrolla gustos por el ejercicio, la vida sana, la higiene. El príncipe es un buen administrador que recorta los gastos superfluos, sube los sueldos de los sirvientes, pero también es más exigente con ellos. Por otro lado, Alberto crea la idea de la privacidad de la familia Real, de hacer reglas para que el populacho no se inmiscuya en su entorno familiar. La Reina Victoria comienza a tener trato más breve con ministros, a no ser tan cercana a la aristocracia (que nunca aceptó a Alberto) y a ser más moderada en lenguaje, conducta y vestuario. El habilidoso Alberto consigue lo que los Hanover nunca hicieron, imponer su cultura en Inglaterra. Si hasta se trae el árbol de Navidad para integrarlo a las tradiciones decembrinas inglesas.
Las navidades de Victoria y Albertio

La clase media adopta las costumbres palaciegas. Y así tenemos ese perfil de la cultura victoriana: doméstica, pero puritana; reprimida pero amiga del ejercicio y de la naturaleza. Esas imágenes literarias de la familia victoriana con niños bien portados, y padres benévolos, pero dictatoriales, rodeando el árbol navideño,  son en realidad réplicas de familias alemanas.

Victoria está tan encantada con su marido alemán y su estilo de vida que fomenta en sus hijos matrimonios germanos. De sus nueve hijos, seis se casan con alemanes. Su hija mayor, Vicky, será la primera emperatriz de una Alemania unida. El príncipe heredero no tuvo una alianza teutónica, pero se casa con la princesa más bonita de Europa, Alejandra de Dinamarca y ya sabemos que la Familia Real Danesa es Schleswig-Holstein, etc.
Alejandra de Dinamarca

La admiración de los ingleses por Alemania no se queda en árboles navideños y no acaba con el fallecimiento de Alberto, Para fines del reinado de Victoria existe una conciencia en el mundo académico inglés de que Alemania posee la superioridad mundial en la música, filosofía, medicina y ciencias en general. Los médicos iban a especializarse en Alemania, las hijas de familias pudientes inglesas estudiaban en internados alemanes.

De igual manera los alemanes se establecían en Inglaterra, como las ficticias hermanas Schlegel de Howard’s End, o se traían esposas germanas como hace el filólogo Ernest Weekly. En 1899 se trae de Alemania a la baronesa Frieda von Richtofen. Todo para que se la robe su más aventajado alumno, un tal D.H. Lawrence, acto que inspirará las páginas más candentes de la literatura inglesa.

La nobleza germana tampoco es ajena al encanto anglo. El Kaiser Guillermo, nieto predilecto de Victoria, se la pasaba de cacería en las tierras escocesas de su amigo el Duque de Sutherland, y a la corte de Victoria llegaron refugiados nobles de Alemania, los productos de una nueva moda, la nobleza morganática.

Sobre esta nobleza, y especialmente sobre La Casa de Battemberg, hablaré en mi próxima entrada. Es posible que el mal recibimiento de Felipe de Grecia por sus parientes políticos no se debiera tanto a su sangre germana, a pesar de que el fantasma de la Gran Guerra teñiría la visión de muchos allegados que se convertirían en sus enemigos (léase la Reina Madre y Sir Alan Lascelles).

Mi teoría es que pesaba más su parentesco con la Familia Mountbatten y la posible influencia de esa familia en la casa de Windsor. Sabido es que esa fue la razón por la que se privó al Duque de Edimburgo por muchos años de un derecho de todo padre de darle su apellido a sus hijos.





jueves, 15 de febrero de 2018

En San Valentín, los Momentos más Románticos del Drama de Epoca del 2017



Aunque este San Valentín me encontró de vuelta de los asuntos del corazón (Malena no tiene Amo. ¡Malena es un Elfo Libre!), eso no quiere decir que sea insensible al romanticismo en la ficción sobre todo en la histórica donde las emociones se viven más divinamente. Estos fueron los momentos más apasionados que presencié en las pantallas de mi LD y de mi laptop.

Despedida de Ecbert y Judith (Vikings)


“Vikingos” es la serie menos romántica de la ficción histórica. Le ganó hasta a “Los Tudors” en cinismo sentimental. Los hijos de Ragnar cambian de mujeres a cada rato, Lagertha es una mantis que mata a quien comparta su cama (ahora mató a la embarazada Astrid) y el único romance de la historia, el de Helga y Floki, acabó con un pisotón de elefante de Michael Hirst.

Resalta entonces la evidencia de que la única que ha conocido amor en este cuento, es la sajona Judith. Primero con el monje Athelstane, padre de su hijo, luego con su suegro Ecbert. Judith perdió una oreja al ser juzgada por su puritana sociedad. Sin embargo, todos sus hombres están muertos y ella sigue bien viva y poderosa. Yo creo que, a su manera, Judith amó a su marido, adoró a Athelstane, y quiso sinceramente a Ecbert, por eso la despedida de ella y su suegro rezumó romanticismo.

Ecbert seria chueco, pero era muy valiente. Decidió sacrificarse en un último encuentro con los hijos de Ragnar, pero antes puso a salvo a su familia. Una movida que incluyó a su nuera Judith. Ambos comparten un último, aunque público, momento en el patio del castillo. Antes de subir al carromato, Judith besa a su suegro y le agradece haberla amado. Fue un instante muy bonito y muy red hot.

El beso final (My Mother and Other Strangers)

La BBC también es capaz de cometer errores. Cortó de un tajo la excelente “Home Fires” para reemplazarla con otra historia de Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial y metió la pata hasta el ombligo. My Mother and Other Stranger,” nunca tuvo rating, nunca tuvo fans, nunca tuvo mucha lógica. Aparte de ofender a los irlandeses, esta historia de una base de aviadores estadounidenses en Irlanda del Norte tuvo una heroína payasa y tonta.

Sin embargo, Rose Coyne demostró tener un poco de cerebro y buen gusto al enamorarse del honorable Mayor Ronald Dreyfuss, aunque esto afectase su matrimonio. A pesar de llevar mas de quince años de matrimonio y residencia en el pueblo de, Rose todavía actuaba como la inglesa que era, mirando a los aldeanos de arriba para abajo. Por eso fue muy agradable saberla confundida y avergonzada.


Desde ese primer encuentro en el lago en que Ron le recita La Dama de Shallot de Tennyson, que Rose cae redonda y todo lo que hace después para bien o para mal, será en torno al oficial. Sus celos de Tilly, la necesidad de separar a Ron de su propia hermana, y sobre todo la ceguera y sordera de Rose a los problemas de su marido y al mucho amor que este le tiene, nacen de una sola razón, su lucha interna. Ya en el penúltimo capítulo, después de cometer cien pavadas, Rose desesperada besa al oficial en su cocina y descubre que él también la quiere.


 Sin embargo, Tilly que sabe que Ron tiene una esposa escondida en un manicomio, intenta separarlos. Mala idea. Cuando Ron vuelve de los Estados Unidos, donde su loca del ático ha sobrevido a un último intento de suicidio, Rose se le declara de palabra. Por una vez conmueve. “Solo me preguntaba por qué ya no me quiere si yo tanto lo amo” Prima el sentido común. Rose se marcha su casa y el caballeroso Dreyfuss se guarda sus sentimientos en el bolsillo.

Ya en casa, Rose se enfrenta a una cantidad de problemas y mini tragedias que por una vez la tienen sin cuidado. Todo es irreal. Como dice su hija “¡esto parece una farsa francesa con personas que salen de los armarios!” Rose decide salir de su armario. En medio de la lluvia y en las tinieblas nocturnas se pega una carrera a lo Forrest Gump que solo acaba cuando se encuentra con el jeep de Dreyfuss.



A pesar de que hay un ultimo intento de ambos de portarse con honor, se dan cuenta que meter honor en lo que ellos sienten es morbo total. Se funden en un mega beso que recuerda a las películas de los 40s y nos recuerda en los días de desnudos gratuitos y parejas sudadas y bufantes, lo sexy que puede ser un beso.

Espérame en el cielo (Reign)

Yo creo que todos los fans de “Reign” vivimos desde el primer episodio con ese miedo del final del cuento y con la esperanza que una serie que jugaba de manera tan estrafalaria con la historia también hiciese malabares con la suerte de Maria Estuardo.

Sin embargo, la temporada final nos mostró que la historia real siempre prevalece. Pudimos ver a Maria en amores con Lord Gideon, pero al final el diplomático gravitó hacia la corte isabelina dejándole el camino libre a Henry Darnley quien en la vida real y en la pantalla, desposaría a la Reina de los Escoceses. 

Para la boda, Maria estaba clarísima respecto a las intenciones mercenarias de su marido y de que el primo era un vil gusano traidor. Pero, como dicen los mexicanos, por haberse comido la torta antes del recreo, la reina tuvo que casarse antes que se le notara el embarazo.

La serie tomó un derrotero histórico, y (por ende) trágico, con Mary enamorada de Lord Bothwell y éste teniendo que desembarazarla del marido vía el asesinato. Se esperaban al menos tres o cuatro episodios más antes de la muerte de la reina. Ahí habría tiempo de desarrollar la relación Bothwell-Maria, pero esa costumbre lapidaria de las productoras de quitar fondos obligó a la serie a cerrar puertas antes de tiempo. De pronto se saltaron casi tres décadas y nos encontramos en vísperas de la ejecución.

Fueron tristísimos esos últimos momentos, en los que Maria pone sus esperanzas en la intervención de su hijo Jacobo. Pero el Rey de Escocia sucumbe a la ambición de reinar sobre una Gran Bretaña unida, ambición que antepone a la vida de su madre. Vemos a Mary con rostro desolado, con el cabello semi canoso sujeto en severo chongo, y vestida de negro (en la vida real la Reina de los Escoceses se vistió de rojo, el color de los mártires). La reina se hinca en el cadalso, se persigna y pone su cabeza en la piedra, el verdugo levanta el hacha y…

¡Mary despierta en el cielo! Nada de cabezas chorreando sangre, ni de pelucas, ni de perritos escondidos bajo el vestido. Mary despierta desnuda en una cama (Ohhh como quiero ir a ese cielo) y a su lado…Francisco.

Y ahí me doy cuenta de que, aunque no sea histórico, ese sería el final canónico de una serie que siempre dejó claro que el gran amor de la reina fue su primer marido, el Rey de Francia. Mary pestañea asombrada y luego se da cuenta que ya no habrá más sufrimientos ni separaciones. Final perfecto y super romántico.
El desfile privado (The Collection)

“La Colección” fue un drama oscuro, poblado por personajes enmascarados de secretos, demasiado complejos para calificar como románticos. Solo una persona, la semi protagonista, Nina era lo suficientemente joven para enamorarse o provocar sentimientos que podrían calificarse como sentimentales. Algo evidente en esta escena que para mi tuvo todas las connotaciones que debe tener un romance.


Nina es una adolescente que trabaja en el taller de Maison Sabine. Paul Sabine decide convertirla en modelo. Pero Nina, la colegiala inexperta, tiene que superar su miedo a los zapatos de tacón alto. Sin tacones, Nina no puede desfilar. Le toca a Claude Sabine enseñarle a caminar como maniquí. La escena tiene lugar en la buhardilla donde vive Claude.

 Como el personaje de Tom Riley va cambiando de ropa, suponemos que tiene lugar a lo largo de varios días. Todo el proceso va acompañado de una apropiada banda sonora que abarca valses de Strauss, la Habanera de Carmen y temas de los cantautores del momento como Jean Sablón y Charles Trenet. Es una apropiada combinación de lo clásico y lo moderno que refleja el espíritu del New Look.

Durante las lecciones Nina luce diversos modelos de Maison Sabine, desde el mas sencillo (su bata de costurera) hasta un vestido de baile. Primero camina sola, con Claude guiándola desde lo alto de las escaleras. Luego desfilan ambos portando pesos sobre la cabeza para afirmar la figura. Después es Nina la que está en lo alto, como demostrando la evolución de su relación que culmina en un vals compartido. Las connotaciones eróticas de sus movimientos son innegables, pero como todo en la serie está llevado a confundir al público.

A esas alturas tenemos cierta información sobre Claude y Nina. Sabemos que Claude es el verdadero diseñador de Maison Sabine, no su hermano Paul. Sabemos que es homosexual. Lo sabe Nina. A pesar de verse inocente, sabemos que ella tiene un hijo al que se ha visto obligada dar en adopción. Es solo capítulos mas adelante donde esta escena se nos aclara cuando la misma Nina confesará a su madre el secreto que ella y Claude comparte. Es ahí donde deseamos retroceder y revisar esta escena para notar todas las claves escondidas en cada gesto.

Ese viaje a Kenia (The Crown)

Si algo se puede decir de “The Crown” es que ha sido la tumba de la reputación de mi pobrecito Duque de Edimburgo. Con tanta infame calumnia, Peter Morgan se ha encargado de denigrarlo sin llegar ni a entenderlo ni a entender los logros ni la verdadera tragedia de Philip Mountbatten. Es por eso por lo que valoro tanto el episodio titulado “Hyde Park Corner” donde por última vez se pintó al Príncipe Consorte de manera positiva. Se lo mostró tal cual es: un gran metepatas; un poco iconoclasta en su rechazo a correcciones políticas del ayer y del hoy; pero un individuo simpático, alegre y muy enamorado de la mujer.

Desde el comienzo que hemos visto que muchos (y eso que la serie se guardó las verdaderas conspiraciones palaciegas capitaneadas por mi adorable Sir Alan Lascelles) se opusieron, y por diversas y peregrinas razones, al matrimonio de la princesa Isabel. Aun así, hemos visto a Isabel ser tremendamente feliz junto a su marido. Pasamos al galope esa maravillosa estadía en Malta que fue una prolongación de su luna de miel, y seguimos a los Esposos Mountbatten a ese mágico viaje a Kenia, que ninguno sabe, será la ultima vez (al menos en esa sombría visión Morgan del matrimonio real) en que podrán vivir feliz y despreocupadamente su amor.

Tenemos a una Claire Foy espectacular, bellísima en preciosos trajes incluso en pantalones (nunca más la veremos usarlos) junto a un Matt Smith que por última vez sonríe y se ve sexy y simpático incluso cuando ofende a reyes masái o mete las manos en la comida. Se ven como lo que eran, jóvenes y enamorados, y los nativos que los sirven también caen bajo el embrujo del amor de una pareja tan carismática.


Lo fantástico del viaje es que Morgan erotiza de manera romántica sin caer en vulgaridades a Los Mountbatten. No solo volvemos a verle la cola al príncipe sino también esta esa imagen de Isabel vestida con la camisa del marido (y obvio que no tiene calzones puestos) sacándole fotos a las nalgas del Felipe. Esa estadía en el Treetop Hotel (hotel que literalmente queda en la copa de un árbol) esta teñida con la palabra ‘Sexo”.

Aun así, se nota que la relación trasciende lo sexual y cae en lo romántico como esa escena fantástica en que Felipe enfrenta a un embravecido elefante para proteger a su esposa-futura reina. Ósea ahí tenemos al Matarreyes en el Foso del Oso. Ni hablar de Felipe consolando a la reina por la muerte del padre.

Incluso es romántica esa ultima conversación, en el avión que los lleva de regreso a Londres. Es de madrugada. Isabel y su marido están ahí en piyama, acurrucados, cuchicheando sobre el futuro que los aguarda. No se esperaban que la corona les llegara tan rápido, temen a los cambios que afectaran su relación. El primero es que ya no contaran con Martin Charteris. Ahora les toca apoyarse en Tommy Lascelles a quien Felipe describe como un hombre que” se quedó pegado en La Tierra que el Tiempo Olvidó”.


Efectivamente, la entrada de Sir Alan cargando las ropas de luto de su soberana es el parteaguas que (según la serie) destruye el romance idílico entre Isabel y su consorte. Es Tommy quien ataja a Felipe antes de bajar del avión. Que no se le ocurra adelantarse o caminar a la par de la esposa. “La Corona tiene precedencia”.  Isabel vuelve su cara asustada a mirar al marido. Ese es el fin de su luna de miel. Y ese es el fin de lo romántico, lo sentimental y lo tierno en “The Crown”.

Y Colorín Colorado. A ver si este año nos trae tantas escenas románticas en una época en que lo romántico va perdiendo piso.



lunes, 12 de febrero de 2018

Los Romances del Period Piece: Lo Mejor del Drama de Epoca del 2017



Para clausurar mi balance de un año dedicado totalmente a la ficción histórica, y también para que coincidiera con la semana de San Valentín, he escogido hablar de lo romántico y lo pasional en los period pieces. Para mí, estos fueron los romances más románticos del 2017. No son parejas protagónicas (en un caso se trata de un romance periférico de la protagonista) pero a mis ojos evidencian la fortaleza, flexibilidad y profundidad del verdadero amor.

El Menage a Trois Versallesco (Versalles)

Al hablar de héroes y heroínas de este año mencioné, por separado, a los Duques de Orleans, pero más allá de sus virtudes como seres humanos está el fuerte lazo de lealtad, cariño y respeto que se ha creado entre ambos. Un afecto tan intenso como aquel demuestra que la buena voluntad puede a veces superar la sordidez de un matrimonio arreglado. Pero sería injusto y poco realista hablar de esa relación sin mencionar al verdadero amor de Monsieur, el incomparable, pero incorregible, Caballero de Lorena y de la tolerancia y compasión con la que Lieselotte ha añadido a Chevalier a su matrimonio.

Desde ese primer encuentro entre Philippe y la nueva esposa que su hermano le ha conseguido, que sabemos que la Princesa Palatina no se parece en nada a la artificial, vana y traicionera Henriette, su predecesora en la cama del Duque. Sin un asomo de timidez o de vergüenza de que su marido la haya sorprendido orinando, Lieselotte se revela como una mujer sana, franca y cariñosa. ¡Es la única en la serie que recuerda que Philippe tiene dos hijas y se preocupa por ellas!

La relación de Lieselotte y su marido es desarrollada a través de la Segunda Temporada. Vemos como Madame consigue acomodarse a la corte y el modo en que logra consumar su matrimonio, y seguimos a la pareja hasta la anunciación del deseado embarazo. Sin embargo, y a pesar del afecto que Philippe cobra por su segunda mujer basta recordar su ira y desesperación al creerla envenenada, su corazón sigue perteneciéndole a MonChevy.


El Caballero de Lorena tuvo también una temporada borrascosa que comenzó cuando su amante se quejó del modo en que MonChevy despilfarraba la fortuna de Orleans. Esa crítica acabó en una pelea de machos que pudo devenir en un hecho de sangre si no fuese por la interrupción de Liselotte. A pesar de que Madame intentó calmar a Chevalier y le ofreció compartir al marido, los celos de su rival tanto por Liselotte como por el historiador Tomas Beaumont, lo empujaron a la droga y a la autocompasión.

Por suerte, Chevalier se sobrepuso, mató a Beaumont y fue recompensado por su rey por haber acabado con un peligro para Francia. Aun así, al final tanto Lieselotte como MonChevy debieron despedirse del hombre que aman cuando el duque partió a su espacio favorito: el campo de batalla. Tiernísima esa última escena, cuando la desolada Madame coge de la mano a su rival, consciente de que él también sufre.

La Reina y su Ministro (Victoria)

Sabido es que el gran apoyo que tuvo Victoria en los inicios de su reinado fue William Lamb, Conde de Melbourne, y que esa ayuda devino en una escandalosa amistad. Tan grande era esa dependencia que se llegó a rumorar que la reina y su primer ministro eran amantes. En momentos en que la soberana cayó en desgracia con público, aristocracia y partidos políticos enemigos de Melbourne, se la llamó a sus espaldas y se la abucheó en la calle con el epíteto de “Señora Melbourne”. Entonces, tan descaminada no anda Daisy Goodwin con esta historia tan romántica que nos ha presentado en “Victoria”.

A pesar de sus detractores, este ha sido un romance muy intenso y mucho más emotivo que los insulsos amores de Vicky y su controlador primo. Es cierto que en la serie y en la vida real, Victoria acabó casada con Alberto de Saxe Coburgo, y que además de preñarla nueve veces, el príncipe consorte buscó dominarla en todos los aspectos de su vida privada. Muchas veces, Victoria habrá comparado la cargante imposición de voluntad a la que la sometía el marido con la sutil y deferente manipulación que conoció con el romántico Melbourne. El que Rufus Sewell interprete a Lord M.  también ayuda a crear esa distinción entre cortesano y consorte.

La serie nos ha mostrado una reina adolescente marcada por una infancia tan vigilada que solo ansiaba libertad. Es por eso por lo que el primer encuentro entre Vicky y Melbourne fue en realidad un “encontronazo”. Él estaba cansado de gobernar, y tal vez, de vivir. Ella, a pesar de su juventud, había desarrollado una desconfianza por el género humano y rechazó indignada la oferta de Melbourne de convertirse en su secretario.

Poco después, la intuición nata de Victoria la hace reconocer el valor de Melbourne. No solo lo convierte en su secretario, también lo hace su mentor, su confidente, su mejor amigo y el favorito de su corte. En ella, Lord M. (como lo apoda Vicky) encuentra una inspiración para moverse en la arena política y una renovada vitalidad. La serie no miente cuando habla de que ambos pasan la mayor parte de tiempo juntos. Melbourne cenaba casi a diario en el Palacio de Buckingham y cabalgaba todas las mañanas con Victoria.

Sin ser pesado ni didáctico, Melbourne ayuda a Victoria rellenar los vacíos que su deficiente educación ha dejado en el intelecto de la novata reina. ¡Vicky hasta le muestra los croquis que hace de su perrito! La soberana, aunque defiere muchas veces al consejo del ministro, también se atreve a debatir con él. No solo hablan de política, sino también de otros temas vitales como el amor. Victoria llega a interrogar a su consejero sobre su vida matrimonial, como cuando le pregunta sobre su reacción al ser abandonado por su esposa (la célebre Caroline Lamb que huyó con Lord Byron).

Lo que al principio se ve como extravagancia de adolescente se convierte en causa política. Melbourne es reemplazado por el parlamento por Sir Robert Peel. Ya no puede pasarse el día con su joven soberana. Para mayor agravio, Victoria debe prescindir de sus damas, incluyendo sus mejores amigas Lady Emma Portman y la Duquesa de Sutherland, porque ellas representan un espectro político diferente al ahora en el poder.


Ahí tiene lugar un episodio histórico, Victoria simplemente se rehúsa a prescindir de sus damas. Sir Robert, sintiendo que carece de la confianza de su monarca, renuncia. Melbourne regresa, pero el costo es alto. La reputación de Victoria se ve mancillada. En la serie hasta los criados reconocen que la soberana llora cuando su ministro no está cerca. La desubicada Lady Flora le cuenta a Vicky que ya la apodan “Mrs. Melbourne”.  La Duquesa de Kent le suplica a su hija que no le entregue su corazón a un hombre como Melbourne que tiene reputación de libertino.

Victoria no se inmuta. Es posible que la reina haya en algún momento experimentado algún tipo de sentimiento romántico por su primer ministro, a pesar de que la historia nos cuenta que su primer gran amor fue el Gran Duque Alejandro (que también aparece en “Victoria”). Sin embargo, en la serie, el personaje de Jenna Coleman da rienda suelta a su corazón para ir poco a poco enamorándose de Melbourne. ¿Pero es correspondida?

Daisy Goodwin es muy sutil en este aspecto. Cuando Sir John Conroy confronta a Melbourne acusándolo de querer aprovecharse de Victoria, el ministro le responde con gran dignidad. Pero a solas se mira en un espejo con expresión atormentada como escrudiñando su subconsciente. Mas tarde, cuando el Duque de Sutherland le recuerda que pronto perderá a Victoria ya que la soberana debe casarse, vemos la tristeza dibujarse en el rostro de Melbourne.



No hay que pensar solo en romance y cuchi cuchi entre ambos. La belleza de esa relación es que es muy humana y realista y va salpicada de peleas como corresponde al choque entre dos voluntades fuertes. Victoria es porfiada, se ofende fácilmente. A ratos, Melbourne tiene que gritarle, pero cuando ella lo necesita, él siempre vuelve. Tras la muerte de Lady Flora, Vicky toca fondo y el único que la eleva a la superficie es Melbourne, compartiendo con ella su propia noche oscura del alma, la depresión que sufrió tras la muerte de su hijo.



Aunque Victoria comienza a visualizarse como Isabel I, una mujer sin hombre, pero que se apoya en “compañeros”, y en el Baile Tudor, Melbourne se viste de Robert Dudley (gran amor de la Reina Virgen), el tiempo se les acorta. La familia de la reina la presiona para que contraiga matrimonio. De Hanover le traen al primo Alberto, estirado, puritano y con cara de perro, pero joven y de buen cuerpo (algo que la verdadera Victoria se apura en anotar en su diario). Confundida, la reina se decide a jugárselas todas y se va a Brocket Hall, hogar ancestral de Lord M., y se le declara.

Tuve que poner el video porque me es casi imposible describir el momento que para mí ha sido la escena mejor actuada de la Primera Temporada. Aunque vaya de incognito, es una osadía de parte de la reina el visitar a Melbourne em su retiro. Primero, tenemos la presentación de ambos personajes, ella que se supone solo revela su identidad a último minuto, él que aparece como un poco escondido detrás de una estatua. Luego el modo en que Vicky, con toda la sinceridad y torpeza de una adolescente, declara que no quiere a otro hombre en su vida y jura que jamás lo abandonaría como lo hizo Caroline.

Ahí vemos todo el cansancio y la tristeza que aquejan a Melbourne al tener que rechazarla.  Dice que él es como los pájaros que ampara en Brocket Hall, condenado a solo tener un amor. Ni él, ni yo, ni ningún shipero del Vicbourne, le cree. Mas que humillada, Victoria esta desolada, pero Lord M. aparece en el Baile Tudor vestido de Dudley y le pide un vals durante el cual deja en claro que tal como Isabel I y su favorito tuvieron que sacrificar sus sentimientos, ellos deben hacer a un lado su amor.

Victoria descubre una curiosa aliada en su madre. La Duquesa de Kent está destrozada. El interesado Conroy la ha vendido por mil libras anuales y se ha marchado a molestar a los irlandeses. Llorando, Vicky abraza a su madre diciéndole que no cree que pueda alcanzar la felicidad.  Por una vez, la Duquesa de Kent sirve de algo y le dice a Vicky que Melbourne la ha rechazado por caballerosidad, anteponiendo su deber antes que sus sentimientos.

Por falsa que sea esta historia, respeto y admiro a Daisy G. por incluirla, y también a Rufus y a Jenna por actuarla con tanto candor y realismo. La relación Victoria-Melbourne, no acaba ahí, Antes de partir en su luna de miel, Vicky comparte un momento a solas con Lord M.  y le deja claro que él todavía ocupa su corazón.


Amor Pirata (Black Sails)

Un curioso detalle del final de “Black Sails” es que llenaron este cuento de rudos piratas con historias sentimentales. Por amor, Long John Silver sacrificó el sueño de su Madi. El pobre Flint tuvo el consuelo de compartir prisión con su amado Thomas Hamilton. Vimos que Woodes Rogers podía derramar lágrimas por la muerte de su esposa y el público crucificó a Eleanor por haber traicionado a “su verdadero amor”, Charles Vane (¿WTF?). Lo más curioso es que de pronto a Max le bajó el amor (que creíamos pertenencia únicamente a los doblones de oro) por Anne Bonny.

La Gatita Valentina Moreyra me hizo dudar un poco del final de la relación Max y Anne y una investigación en las redes me hizo ver que muchos shjoperos también creían que habían quedado como pareja. Eso no es así. Para cuando TV Insider entrevista a los guionistas está claro que Max y Anne se han reconciliado, pero la pirata eligió seguir con Jack sin desoír a su naturaleza bisexual. Por algo los escritores presentaron al final a Mark (Mary) Read como manera de entroncarla al   verdadero destino romántico de Anne Bonny.

Cuando Anne se acostó con Max en me dio la impresión de que era su primera vez con una mujer. Lo que no quita que no le gustara la experiencia o que no quisiera repetirla, pero, aunque le tenía cariño a la ex esclava, no creo que la amara como amaba a Jack. La historia sentimental de Anne era desastrosa. A los trece años, su marido James Bonny la golpeaba y la vendía al mejor postor. De ese suplicio la salvó Jack Rackham y la agradecida pirata nunca olvidó, pero su relación estaba basada en más que en gratitud.

Parecerá extraño porque Calicó Jack era el menos pirata de los piratas, el menos aguerrido y brutal. Sin embargo, y tal vez Anne se sentía un poco protectora de su compañero, a ella le gustaba como hombre. Fue Anne quien invitó a Jack a compartir cama con ella y Max. Cuando Jack privilegió su relación comercial con Max, y dejó a Anne en tierra, la pirata se sintió dolida y celosa.

La traición de Max, que casi le cuesta la vida a Jack, fue un tiro de gracia para la relación entre las dos mujeres. La pirata quería matar a la dueña del burdel, y le tomó tiempo sacarse esa idea de la cabeza. Se lo comentó a Jack. Como todos los personajes de la serie, Anne estaba un poco harta de tanta violencia:
Anne Bonny: Me dijo que si entregaba el dinero estarías a salvo. No es solo la mentira… intentó alejarte de mí. Cuando dejé esa isla… lo único en lo que podía pensar era en maneras de vengarme de ella, por lo que había hecho. Y ahora que estamos aquí, sería tan fácil… y no quiero hacerlo. No quiero vivir con las consecuencias. Con la visión de verla sufrir de esa manera. Simplemente no quiero. Esta puta isla… te hace hacer cosas que no quieres hacer… ¿cómo no nos hemos dado cuenta hasta ahora? ¿Qué demonios hacemos aquí otra vez Jack?






Para muchos, el breve discurso que Anne le hizo a Jack donde dice que nunca será su esposa (final Temporada 2), pero siempre estarán juntos, sonó a una resistencia a la idea de una relación romántica. Yo lo interpreté de otra manera.  Anne está repudiando la idea de ser una esposa tradicional, como Eleanor bordando en un rincón, pero no excluye más bien afianza el lazo erótico-sentimental que la une a Rackham. La misma Lady Clara Paget, hablando de su personaje,  declaró que Jack representaba todos los matices emocionales en la vida de Anne Bonny.

En la temporada final, Max a pesar de su traición, es recibida en el barco con Jack. Parte a Filadelfia con ellos, pero luego que la malherida Anne la manda al diablo, Rackham exige a la ex esclava que se aleje de su mujer. Max consigue que Marion Guthrie financie una expedición a Nassau, pero le cuenta a Anne que ha rechazado una oferta de matrimonio, por amor a ella.

 Luego, Idelle le recuerda a Anne como Max la salvó de ser acusada de asesinato. Esa combinación de factores lleva a Anne a perdonar a Max, un perdón que no involucra un reinicio de su actividad sexual. Los guionistas han dicho que el capítulo 8 representó un final de la relación de Max y Anne y por eso no les dieron una escena juntas en el episodio 9.

La última escena de Max y Anne interactuando las tiene sentadas bajo la nieve luego de haber arreglado sus asuntos. Las vemos asidas de la mano, símbolo de perdón, pero el regreso de Jack de Nassau es diferente. 

Anne sale de la casa, ya curada, envuelta en una manta y se abalanza a abrazar a su compañero. Es un gesto más apasionado que un simple tomarse de las manos. Es casi tan intenso como esa llegada a Filadelfia con Jack cambiándole los vendajes a Anne y dándole un beso de despedida. En la última escena del trio, la cámara enfoca a Max y la expresión en el rostro de Jessica Parker Kennedy deja claro que sabe que en esto ella es la perdedora.


Para mí la confirmación de que el amor entre Jack y Anne (y reitero no excluye un trio con Mary Read) era respetado por la producción es el que fueron los únicos personajes que tuvieron un final feliz en este cuento de piratas. porque la felicidad de los otros personajes queda en un ‘veremos” ambiguo. Stevenson nos contó la desdichado muerte de Flint, Max es muy capaz de arruinar su fortuna de nuevo.  ¿Podrá Madi realmente perdonar a Long John? ¿No será que el resto de sus vidas ella lo amargará con reproches?  

En cambio, nos queda clarísimo que Anne y Jack siguen juntos y compenetrados. Eso solo acaba con una Anne encinta y lamentándose al pie del cadalso donde cuelga Jack tal como ocurrió en la vida real.

Lo que Magdalena Encontró en el Rif (Tiempos de Guerra)

En blog anteriores puntualicé que el mayor aporte de “Tiempos de Guerra” era situar lugares comunes y estereotipos de los dramas médico-militares en terreno virgen, en este caso La Guerra de Marruecos. Sin embargo, noté que había algo totalmente inexplorado en estos relatos de enfermeras “bélicas”:  el romance interracial de Magdalena y Larbi.

Aunque los amores interraciales han sido parte de la ficción (incluso de la histórica) desde El Quijote, desconocía ejemplos que pudiesen sentarles pautas al romance entre la enfermera rubia y de clase alta y el camillero moro que nos ofrecieron Ana Moliner y Daniel Lundh. Precisamente por ser tan novedoso es que ese romance pudo fracasar, pudo no gustar, pudo parecernos inverosímil. Aplausos a los guionistas no solo por darles un final feliz, sino también por hacernos quererlos y creer que merecían una oportunidad, cuando ni la Reina Victoria Eugenia dio dos duros por ellos.



No tengo que repetir que Magdalena fue mi “Dama Enfermera” favorita. Lo he dicho en notas anteriores, y la razón fue por ser la única del grupo en interesarse su entorno. Aunque lo que empuja a Magdalena a interesarse en Marruecos es Larbi, el camillero cuya apostura física la ha conquistado, es esa capacidad de desligarse de su mundo, de un Madrid de la alta sociedad donde la espera un novio y una casa llena de sirvientes, lo que la diferencia de sus amigas.

Del trio protagónico, Magdalena es la más adinerada, pero también la más generosa. Es la más inocente, pero es también la más práctica (basta ver su equipaje de vestidos bonitos, coñac francés, bombones) y es, al menos ante su espejo, la menos guapa por lo que arriesgar su compromiso con un gran partido la hace heroica.

Larbi tampoco cabe en clichés. No es el revolucionario que desprecia a los representantes del colonialismo, ni tampoco es el morito bobo que mira humildemente a la señorita rubia que llegó de España. Él tiene mucha dignidad y confianza en sí mismo. Se convierte en una especie de guía de estas niñas perdidas en Marruecos. Le enseña a Magdalena a moverse en el Zoco; ayuda a riesgo de perder trabajo y libertad, a escapar a Pedro; y es quien recupera la morfina del hospital. De pronto, Larbi se vuelve el fixer-héroe de esta historia, alguien digno de Magdalena.

A pesar de que es obvio que se simpatizan, es solo cuando Magdalena visita la casa del rifeño, que ambos toman conciencia de que su relación puede tomar otro cariz. La golosa de Magdalena se deleita con los dulces hechos por la madre de Larbi, él le envuelve la cabeza con una bufanda de seda, pero a punto de darse un beso, la formal enfermera le explica que está comprometida. El desolado camillero murmura que Daniel es muy afortunado. De ahí que Magdalena comienza a cuestionar su compromiso. ¿No sería ella más afortunada comiendo mazapanes en Melilla que de gran señora en Madrid?

A pesar de que Magdalena lucha en contra de sus sentimientos, su subconsciente la traiciona, primero en un sueño erótico que tiene con Larbi. Luego, en su delirio provocado por la fiebre, se le declara. A pesar de que Pilar, por separado, intenta hacerles ver a Larbi y Magdalena que ese amor no tiene futuro, el personaje de Ana Moliner comienza a tomar decisiones. Le escribe a Daniel rompiendo el compromiso y luego casi se agarra de las greñas con Susana por el racismo y clasismo de su amiga. En el discurso de Magdalena son evidentes la tolerancia y humanidad que ha adquirido en su profesión, pero también el respeto y consideración que siente por los marroquíes.

Presionada por su madre y por la Reina, Magdalena se rinde. Desde Madrid le escribe a Larbi despidiéndose para siempre. Fue muy conmovedor que Pilar tuviese que leerle la carta al camillero por ser este iletrado. 





Sin embargo, Magdalena se arrepiente de su decisión y se regresa a Melilla, así sin dinero, ni grupo de apoyo, una paria en todos los aspectos, sin siquiera la oportunidad de volver a ser enfermera. La misma Susana, asombrada ante la grandeza del sacrificio de su amiga, apoya la decisión de Magdalena. Hasta le da permiso para que vaya a su boda con Larbi.

Yo sé que el final feliz de este romance interracial puede parecer inverosímil, pero hubo dos cosas que me dieron esperanza: primero que Magdalena recobró su trabajo y su sueldo. Segundo, que dijo estar dispuesta a convertirse al islam. Al menos esos escollos están superados, porque no sé cómo Magdalena va a lidiar con el hecho de vivir sin vestidos bonitos y con un marido que hay que enviar a la escuela de párvulos. ¿Y como Larbi va a poder explicar su familia que su mujer trabaja fuera de casa?  pero casos parecidos han acabado en relaciones estables y duraderas.

¿Hubo algún otro romance tan intenso como estos en el drama de época del 2017?